En 1957, en plena autarquía franquista, se instaló en la ría de Pontevedra la empresa Celulosas de Pontevedra, ENCE. Comenzó siendo pública, con dinero de nuestros abuelos; pero como todo lo que da pingües beneficios (38,7 millones/€ en 2016), hoy es una empresa privada en cuyo consejo de administración de puertas giratorias se sientan altos cargos del PP como Isabel Tocino o Carlos del Álamo. ENCE lleva sesenta años contaminando una de las rías más hermosas del mundo, y toda la oposición ciudadana y varias sentencias judiciales no han sido capaces de parar el desastre.

El desastre es la ría de Pontevedra contaminada y una reforestación de los montes gallegos basada en el dinero rápido del eucalipto: ambas cosas tendrán efectos ecológicos durante varias generaciones. Debemos preguntarnos, ¿cómo sería hoy la ría de Pontevedra, la amplia avenida desde Corbaceiras hasta Estribela, si en vez de la peste de Celulosas existiera un boulevard ciudadano, turístico, a la orilla de los arenales marisqueros más ricos de Galicia? No es solo lo que se destroza, y qué bolsillos se llenan con ese destrozo, sino la alternativa posible si en 1957 el régimen no hubiera impuesto su zarpa sobre la ría.

Mientras los consejos de administración cuentan sus beneficios a corto plazo, la perspectiva ecologista nos obliga a pensar siempre en el largo plazo, en los efectos perjudiciales duraderos, en los costes ocultos, en el peaje que pagarán las próximas generaciones. Una administración responsable es aquella que, ante cualquier propuesta mágica de industrialización —todos los años cae el Gordo de la lotería en algún paraje indefenso: Manjarín, Primout, Villablino, Casayo, Cubillos…—, antepone el bien común duradero a los intereses privados de un nuevo Rey Midas.

Ese Rey Midas, que se presenta como un mirlo blanco, un liberal con ínfulas de emprendedor, siempre apoyado en subvenciones públicas, llega prometiendo el oro y el moro: inversión, riqueza, puestos de trabajo, multiplicación de los panes y los peces, el Cuerno de la Abundancia. Y una corte de papanatas, en Pontevedra, en El Bierzo o en Villar de Cañas (¿se acuerdan del cementerio nuclear?), ríe las gracias del rey desnudo.

Antes de aprobar y aplaudir instalaciones de dudosa reputación, cuyo perjuicio ecológico es evidente, convendrá hacerse algunas preguntas en nuestros ayuntamientos y consejerías. Por ejemplo, ¿qué modelo de desarrollo forestal queremos para nuestra comarca y nuestros montes? ¿Queremos bosques frondosos, encinas, robles, nueces, castañas, setas, biodiversidad… o queremos monocultivo de eucalipto en el Valle del Silencio, Ancares y Fornela? Mucho más rentable lo segundo, eso no se discute: otra cosa es el efecto desertificador. Simplemente, nos cargamos El Bierzo.

Ahí están los incendios, un dramático preaviso del cambio climático, para demostrar que estamos jugando con fuego. ¿Alguien cree que a estos inversores mágicos, caídos del cielo con capital chino, brasileño o vaya usted a saber, les importa un pito el futuro del Bierzo? ¿Son acaso hermanitas de la caridad, como don Victorino, que vienen a salvar nuestra comarca del paro y la pobreza?

¿O más bien han visto en nuestra comarca, rendida y derrotada, gobernada por zascandiles, un sitio adecuado para hacer negocios fáciles? Solo nos falta instalar el casino Eurovegas en Borrenes, cerquita de Las Médulas, pero todo se andará.

El único desarrollo que necesita El Bierzo es la agricultura, la ganadería, la industria limpia basada en el uso sostenible de nuestros recursos naturales. El Bierzo no es un basurero, la cloaca de incineradoras de neumáticos o biomasificadoras. ¿Queremos los bercianos y las bercianas nuestro paisaje salpicado de (más) chimeneas nocivas para la salud?

Si esta tierra fuera un desierto —acabará siéndolo por este camino—, podría entenderse, y ni aun así, una planta contaminante; pero esta comarca, a la que en la semana de la Creación, Dios Todopoderoso tuvo la generosidad de ponerle toda la riqueza natural, a esta comarca —que podría ser autosuficiente para dar de comer a todos sus hijos y regalar toneladas de frutas y hortalizas a quien lo necesite—, ponerle otra chimenea más a este Bierzo nuestro, castigado y destrozado por minas, pizarreras, saltos, endesas y demás lambriones, es un crimen.

Un delito ecológico del que, antes o después, quienes lo consientan tendrán que rendir cuentas en las urnas, ante la Justicia o ante el insobornable juicio de la historia. ¡Arriba las ramas!