A las diez de la noche del 23 de octubre de 2017, sonaron en Compostela las campanas de la catedral, puntuales y metálicas, como acostumbran. En el punto central del crucero, allá donde intersecan todas las líneas románicas, barrocas y platerescas, a los pies del apóstol palestino, con el altar mayor a sus espaldas, y sobre su cabeza colgando el gancho ocioso del botafumeiro, Amancio Prada guardó diez veces silencio.

—¡Benditas sean las villas y ciudades donde aún se puede escuchar el repique de las campanas! —dijo el artista cuando calló la Berenguela, y reanudó su mágico concierto, más que interrumpido acompasado por el tañido del bronce electrónico.

Reanudó su concierto con la misma frescura que en 1977, cuando Amancio Prada comenzó a llevar el Cántico espiritual, de auditorio en auditorio, por los cuatro confines de la tierra. Cuarenta años la Esposa buscando sus amores, y buscando el Esposo su paloma, allá por las majadas.

—Me faltaba esta noche serena en la Catedral de Santiago, con la que he soñado tantas veces…

Un coro de cien voces blancas comenzó a vibrar en la lejanía, a cuyo compás distante, la voz profunda de Amancio, más que recitar, desgranaba los versos de San Juan de la Cruz, el carmelita descalzo encarcelado por la Inquisición en las siniestras celdas donde escribió su Cántico espiritual. Entre tanto horror, tanta belleza.

“Del Verbo Divino, del Verbo Divino, del Verbo Divino…”, las voces infantiles que parecían venir desde todos los rincones de las naves, de lo alto del coro, del interior del órgano barroco, de la redonda cúpula, se fueron acercando lentamente creando un instante musical y poético irrepetible.

Dos hileras de niños y niñas, de 8 a 16 años —los Nenos Cantores de la Orquesta Sinfónica de Galicia y la Escolanía de la Catedral de Santiago, dirigidos por José Luis Vázquez— avanzaron con paso silencioso, mil gracias derramando, por el ameno huerto de la nave principal, desde la Puerta del Perdón hasta la Capilla Mayor. El público que abarrotaba las anchas alamedas de piedra contuvo la respiración, galvanizado.

Nos habían convocado el Parlamento y la Xunta de Galicia para conmemorar el 30º Aniversario del Camino de Santiago como Itinerario Cultural Europeo. Amancio Prada comenzó a cantar su sueño a campo abierto y desnudo: solo la voz del juglar y el ronco murmullo de la zanfona para acompañar el Romance de Don Gayferos de Mormaltán.

Dedicó el concierto en la catedral de Compostela a todos los peregrinos, peregrino él también, que acaso, quién sabe, ya de niño aprendió el oficio acogiendo en su casa a algún caminante perdido por las Dehesas del Bierzo, en algún ramal del Camino Francés, entre Compostilla y Narayola.

El berciano errante dedicó este concierto compostelano a todos los peregrinos, y en especial a Federico García Lorca, que en 1916 —tenía dieciocho años el poeta— dejó su huella en el libro de la Santa Catedral.

—Acabo de ver su firma —confesó Amancio emocionado, antes de elevar al cielo de la Vía Láctea la plegaria del poeta: Canción de cuna para Rosalía de Castro, morta.

—¡Erguete, miña amiga, que xa cantan os galos do día!

El mágico concierto fluía en la noche como lluvia musical, aunque la noche era estrellada, sin una sola nube, en este otoño seco y ardiente en el que Galicia prende por los cuatro costados. Todos los asistentes, respetuosos, rubricamos con un aplauso solidario las palabras indignadas de Amancio, llanto de dolor y tristeza por los montes devastados. En nuestra Galicia y en nuestro Bierzo.

“Crear belleza —decía Valle-Inclán— es acertar con el punto de la eternidad”. En esta noche de lluvia seca, cien voces blancas, una guitarra y una zanfona, un violín y un violoncello, una catedral de piedra apenas interpuesta entre nosotros y el cielo estrellado, Amancio Prada creó belleza en estado puro y, si me permiten decirlo sin exageración, acarició la eternidad.

“¡Oh, cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!”.

Oh, noche gozosa de Compostela: fiel tuyo que he admirado al cantautor protesta en los años 70, aún vivía Franco…; que he gozado de tu zanfona en la isla desierta; y en el claustro de Espinareda, “la gota de rocío” de Enrique Gil; que has regalado a Sandra y Alicia —jamás lo olvidarán— la intimidad de tus ensayos en Urueña; y tantas veladas con Leo Ferré y Chicho Ferlosio, y nuestro adorado Mestre; y algún beso robado con ayuda de García Calvo, Libre te quiero; ¡cómo no sentirme, cómo no sentirnos, gracias a tu voz, parte del “monte y el collado do mana el agua pura”.

En las “subidas cavernas de la piedra” de Compostela has hecho brotar —así lo escribe María Zambrano— ese secreto manantial de belleza que tiene un punto de eternidad. ¡Arriba las ramas!

Fotos: Luis Polo (Galicia de Foto) y Paco Rodríguez, La Voz de Galicia
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