—El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, bella, límpida, sin artificios

—¿Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en los años 50? ¿Qué contaminación y qué accidentes nos han ocultado durante décadas?

—“En 1953 el trabajo en la Central era como manipular lava de un volcán: un infierno”

por Valentín Carrera

Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta fruición y con el corazón encogido: la portada es inquietante, un gris indefinido de la paleta del Camino Negro con la palabra Carbón impresa en negro y el nombre de la autora, pero cuando le quitas al libro la camisa y contemplas el retrato de Ana a los nueve años, ya no puedes apartar la vista ni dejar la lectura hasta sentir cada párrafo temblar entre tus dedos.

Carbón (Madrid, 2018, edición muy cuidada de la editorial papelesmínimos), segunda novela de Sara Velasco, Ponferrada, 1954, médica, psicoanalista y narradora, un relato magistral: “Léelo”, me avisó Miguel Varela, que habla de lo que sabe y sabe de lo que habla. De modo que le quité la camisa marengo, al libro, y me sumergí en la mirada traviesa de Ana, pura inocencia, podría haber sido mi hermana o la tuya:

“—¿Quién ha tosido? —pregunta papá mientras avanza por el pasillo. Siempre que oye una tosecilla en casa se pone nervioso y repite la misma canción”.

La historia comienza en 1958: Elvis Presley va a la mili y en Sierra Maestra avanza la revolución cubana. Ana tiene cinco años y Sara cuatro, son dos niñas termicanas, nacidas en la Térmica de Ponferrada, para los forasteros el poblado de Endesa, contiguo a la Central Térmica de Compostilla. En Madrid manda Franco y manda mucho: pasaron cosas que nunca supimos (o algunos no quisieron saber) y a duras penas vamos sabiendo.

La prensa publica hoy la noticia de los 296 campos de concentración del franquismo: uno de ellos en Fabero, sin ir más lejos, documentado en el ensayo De siervos a esclavos, de Alejandro Martínez, sobre la minería de carbón en El Bierzo. Hay demasiadas cosas ocultas: censura, represión, miedo. Cierto paralelismo con ese relato masculino de la historia en el que las mujeres no cuentan, son princesas de Disney o parte del ajuar doméstico, que viene siendo lo mismo.

Hace tiempo que reflexiono sobre este relato dominante en la sociedad y la economía de mi tierra, El Bierzo, el Lejano Oeste de la minería: “Ponferrada, ciudad del dólar”, era el santo y seña. ¡Cuánta riqueza efímera y cuánto desarrollo industrial en falso, para acabar siendo la comarca con más despoblación y paro del Noroeste!

El beneficio se evaporó, eso ya lo sabemos, y dejó un rastro de pobreza y abandono en Corbón, Matarrosa, Toreno, Fabero, Laciana, dulcificado con millones de euros europeos para callar bocas corruptas. Pero, ¿y los costes ocultos de la minería y de las térmicas? ¿Quién pagará, durante décadas, la factura del desarrollismo implacable de los años 50? Si los mineros enfermaban o morían con los pulmones abrasados por la silicosis o caía lluvia ácida o un tsunami de carbonilla sobre la ciudad de Ponferrada, ¿quién protestaba? Miedo y silencio.

¿Qué pasaba en los hornos? ¿Y en el interior de los pozos? ¿Cuántos sarcomas mortales, cuántas alergias mal diagnosticadas? ¿Cuántos abortos espontáneos que no eran tan espontáneos? ¿Y si también hubo entre nosotros un Chernóbil, un Bhopal tóxico que nunca salió en los periódicos?

 

Manipular lava de un volcán

Por ejemplo, ¿qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Tal vez hubo algún accidente? ¿Funcionaban bien las calderas Oerlikon, suministradas por Alemania? ¿Por qué tuvieron que venir ingenieros alemanes a cambiarlas? ¿Qué pasaba con la fusión de las cenizas? ¿Cuántas amas de casa ponferradinas recuerdan que no podían tender la ropa porque todo se cubría de carbonilla? ¿Quiénes, cuántos bercianos respiraron aquel Nunca Máis de humo y azufre? ¿Con qué consecuencias?

Han tenido que transcurrir sesenta años para que empiece a aflorar la verdad de las cosas en informes como El lado oscuro del carbón, de Greenpeace, o la novela Carbón de Sara Velasco: “Imagínate el trabajo —explica años después el padre, ingeniero de la Térmica, a su hija—, era igual que intentar manipular lava de un volcán. Para que las cenizas siguieran líquidas hasta el final de la evacuación, había que mantenerlas a una temperatura controlada que no se conseguía. O bien, se enfriaban y se solidificaban en bloques de escoria que atascaban la salida, de manera que los operarios tenían que remover esos bloques. O bien, la temperatura subía demasiado y la escoria hirviendo corría fluida por los tubos de salida de la caldera dañando las paredes, que reventaban. Un infierno”.

¿Cuántos bercianos trabajaron en aquel infierno? ¿Y qué pasó en 1961, un gran incendio en la Central en el que ardió una de las cuatro torres de transformación del parque de alta tensión? “Las llamas llegaron a la sala de mandos. Hubo que evacuar a todo el mundo y todo se destruyó. El desastre fue muy grave”. Tampoco salió en el NO-DO.

 

Cisne de ojos azules

—¡Bah, será una alergia!, diría algún médico displicente a la madre con ataques de asma, nunca tratada, ni siquiera escuchada en sus dos abortos —escribe Sara Velasco—, “cuando la Central manaba polvo de carbón y una nube amarillenta —sé bien ahora que era azufre—, cubría el cielo lentamente. La tarde se volvía tétrica. ¿Cómo no pensaron nunca que tenía relación con la contaminación del aire”, se pregunta entre indignada y estupefacta la autora, que vio morir a su hermana y a su padre, y vio a su madre padecer asma el resto de su vida: “Sé que muchas de aquellas moléculas que surcaban el aire ­—azufre, nitratos, mercurio, plomo, uranio— tenían que ser venenosas para una mujer embarazada y para su delicadísimo feto”.

El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, límpida, bellísima, sin artificios. Un retrato generacional en blanco y negro, como nuestros uniformes escolares y las fotos de primera comunión, con curas abusadores de niñas, como El Sopas, también apodado El Mierda, que tampoco salían en el NO-DO.

Dolorosas, por empatía directa, las páginas en las que afloran la biopsia de médula ósea y el sarcoma, y se desencadena el desastre; hermoso el retrato premonitorio de Ana, prima ballerina de ojos azules, danzando La muerte del cisne.

Carbón es un libro doloroso pero necesario, sanador, catarsis y espejo: “Y nunca hablo, porque si hablo, lloro” —escribe la autora en su proceso de sanación. Quizás la escritura como terapia y afrontar la verdad, el conocimiento, como el único camino posible:

—Fuimos muy felices allí, en la Térmica, pero a ellos dos les costó la vida.

 

Para leer:
Carbón, de Sara Velasco, editorial papelesmínimos, Madrid, 2018.
Diario.es: «Mi padre y mi hermana murieron por la contaminación de esos volcanes malignos que son las centrales de carbón».
—Informe de Greenpeace: El lado oscuro del carbón.