[El prestigioso periodista berciano Miguel Ángel García -antes Berlín, ahora Lisboa, siempre El Bierzo-, escribe en su blog, Carta de navegación, RTVE, sobre el libro de Pepe Álvarez de Paz].

Había terminado ya el Pentateuco – la Thorá, si lo prefieres, shalom- y disfrutando de las apasionantes novelas históricas de jueces, reyes y profetas, recibí un whatsapp de Valentín Carrera invitándome a la presentación de “Nombres Propios”, de Pepe Álvarez de Paz, Pepín.

Hace 11 años que no tengo coche, así que alquilé uno y me lancé al monte, que monte es lo que hay entre Lisboa y Ponferrada.

De Pepín, siempre lo he sabido, me he perdido muchas cosas y no quería perderme ésta.

Guardaré para mí la emoción, compartida con muchos amigos, del encuentro, el acto, la comida…

Tal como le prometí a Pepe cuando me despedí, porque se me echaba la tarde encima para cruzar “tras os montes”, ese día me dormí ya con “Nombres Propios” sobre la mesilla de noche.

Tengo por costumbre tener varios libros, de tres a seis, con lecturas abiertas sobre la mesilla de noche. Procuro que sean de género, temática, idioma y estilo distintos.

En una especie de ritual, parecido al que tiene mascotas en casa, cada noche los cojo a todos en la mano, los acaricio y casi siento que se les eriza el lomo entregados a la lealtad:

-“Cógeme a mí, te ofrezco reflexión serena me dice el “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago en portugués.

-“A mí, a mí, que te inyecto suspense, me dice “La noche de los generales” de H.H. Kirst, en alemán.

-“Tengo lo que más te gusta, y lo sabes, historias de la historia”, me dice Thorn, de Gary Jennings, también en alemán.

-“Estás ansioso por comprender el conflicto palestino”, me promete la monumental “Jerusalem”, de Simon Sebag Montefiori, en portugués.

– “Sin poesía te embrutecerás” me recuerda, también en portugués Luis G. Montero en “As liçôes da intimidade”.

Y finalmente, en español, naturalmente, la Biblia, el libro de los libros, que estoy releyendo de corrido por tercera o cuarta vez no sé muy bien por qué razón.

Cuatro días después, casi he terminado “Nombres propios” que he leído con verdadera fruición, como se leen esos libros en los que encuentras mucho de tí vivido también por otro.

Para ser exactos, me faltan una docena de páginas. Lo hago adrede, para tener durante un tiempo el libro que acabo de leer sobre la mesita de noche, mientras digiero lo que leí, resistiéndome a enviarlo a la estantería que puede ser la antesala del cementerio de libros olvidados.

Es curioso comprobar cómo esos libros que hacen pandilla sobre la mesilla de noche, y que parecen menear el rabo para llamar la atención y ser elegidos para dormirte con ellos en las manos, a veces establecen diálogos entre sí.

Todavía seguía bajo los efectos del trauma crónico que sufre quien alguna vez escuchó la voz del dios del Sinaí, obsesionado con rituales y protocolos, vestimentas y dieta carnívora estricta, sediento siempre de carne quemada en sacrifico, exclusivo y excluyente, arbitrario, vengativo e injusto hasta la maldad, cuando me topé con las palabras “dejé de ser cura para liberar a la gente del dios del Sinaí”.

Por edad, Pepe podría ser mi padre, se acerca más a la edad de mi madre que a la mía. Pero a medida que avanzo en el libro la distancia en edad va diluyéndose. Y constato que la diferencia generacional que yo siempre había visto con Pepe, en realidad no existe.

Pepe ha ido envejeciendo en edad, como todos, pero su vida ha sido tan plena que su mente no ha tenido tiempo de envejecer.

Me ha interesado especialmente el proceso a partir del cual un cura a caballo entre la cruzada preconciliar y la bandurria del Vaticano VI acaba flirteando con la Guardia Civil tras renegar del yugo y las flechas y jugado al gato y al ratón con el tricornio. Siempre me he preguntado qué hubiera hecho yo si hubiera nacido sólo media docena de años antes. Yo empecé la universidad con Franco de cuerpo presente y cuando ya se repartía la parva entre los asistentes al entierro. Me tocó madurar la conciencia durante el tiempo sin épica de la transición. Yo lo hubiera preferido un poco más de marcha, no me hubiera importado pernoctar algún día en Carabanchel, o en los calabozos del kilómetro 0, aunque sólo fuera para poder presumir en alguna que otra charla de magosto. Corrí unas cuantas veces delante de los grises de Arias Navarro y Martín Villa, pero ya eran carreras de entrenamiento para las oposiciones, más que para la revolución.

Tiempo sin épica, sí, tiempo donde empezamos a decir eso de “todos los políticos son iguales”. Yo recomendaría la lectura de “Nombres propios” a algunos saulos de la política que caídos del caballo de la casta demuestran una ignorancia supina sobre lo que fueron aquellos tiempos, la talla política y humana de los muchos que supieron limpiarnos la mugre de 40 años de dictadura y nos inyectaron la vacuna contra la guer-rabia civil.

Después de leer “Nombres Propios” confirmé mi sensación de haberme perdido muchas cosas. Empezando por interiorizar el hecho mismo de haber nacido en el Bierzo, si no en La Calzada sí en la misma calzada de Vespasiano, cinco miliares antes.

Quizá, empujado por la necesidad de asegurar el maná, me he perdido también haber compartido con los feligreses la rebelión contra el dios del Sinaí, origen de nuestros males de tribu.

Pero sobre todo, me he perdido haber compartido tiempo y conversaciones con Pepe, ese poeta excelso que ha definido a media España mejor de lo que nunca lo ha hecho nadie hasta ahora: “…ese señor de misa de doce y aquí mi señora”.

Esta noche y muchas más, acariciaré el lomo de “Nombres propios” sobre mi mesilla de noche. Es una forma de hablar, aunque sea con lengua de signos.