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Exposición Un romántico en la construcción de Europa (y 24).

Cuando Enrique Gil llega a Berlín es inmediatamente invitado a Potsdam, y recibido por el barón von Humboldt en el Palacio de Sanssouci, sede de la corte de Federico Guillermo IV, quien nombra al joven diplomático preceptor de idioma castellano de sus hijas.

Alexander von Humboldt, el sabio más grande de todos los tiempos, de 70 años ―“edad ya muy avanzada como para pensar en amoríos”, opina el biógrafo Picoche―, tiene una intensa relación afectuosa con el joven Gil, que aún no ha cumplido los 30 años.

Gil era guapo y apuesto, elegante y culto, y Humboldt se convierte en su protector hasta el punto de llevarle la Gran Medalla de Oro a su domicilio, cuando Enrique ya está postrado en el lecho de muerte.

La enigmática relación entre Enrique y Alexander es el epílogo más hermoso y triste a una vida despiadadamente romántica. En su casa de la calle Friedrichstrasse de Berlín ―donde Gil condecora a Humboldt, y Alexander estrecha a Enrique en su último abrazo―, la muerte aguarda impaciente a la puerta de la alcoba.

 

 

Tras su muerte, la memoria de Enrique Gil es aún más amarga: sus pertenencias son subastadas, sus documentos y objetos personales se pierden, su obra se olvida durante décadas y hasta su tumba desaparece. Tan solo tres años después de su muerte, en 1849, ya nadie reclamaba su memoria…