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“Algo extraño llamó mi atención y turbó mis ojos, apartándolos con dolor de la joven persa de soñados labios carnosos: sobre una nevera blanca, había uno, dos y hasta seis botecitos redondos de diseño familiar: las infusiones de Lateteraazul, de la empresa berciana (es decir, universal) Pharmadus”  

Era una tarde calurosa en Shiraz, la ciudad que ama la poesía. En Shiraz descansan eternamente los dos grandes poetas de Irán, el país que ama la poesía: Saadí, autor del siglo XIII, y Hafez, del siglo XIV, que es el Cervantes de los iraníes.
Los iraníes, esa gente de rostro hermoso que recita poesía en la vida cotidiana, con la naturalidad con la que se toman un té o un jugo de granada.

Era una tarde calurosa, ya lo he dicho, y el paseo por la fortaleza de Karim Jam nos había agrietado las gargantas. Al salir de la ciudadela, embocamos una calle peatonal: al final de la jornada, los vendedores de alfombras recogían la mercancía no vendida, que se diría toda.

Nos sentamos en la terraza del café Royal, el más humilde de la plaza, y entré a husmear, con la esperanza de encontrar algún sucedáneo de una buena caña de cerveza (en Irán las bebidas alcohólicas están estrictamente prohibidas, y aunque se bebe de tapadillo en todas partes, no conseguimos encontrar la ruta del contrabando…). ¡Una cerveza helada!, por el amor de dios, por la bondad de Alá, por la piedad de Saadí y Hafez, dos héroes nacionales que le daban duro al drinking y al sexo. Los iraníes, ya se ha dicho, destilan poesía en la vida cotidiana.

Ni rastro de poesía con malta. Los labios pintados de rojo pasión de la camarera sonrieron con una invitación en farsi, ¿qué desea?, y unos ojos pintados de mil y una noches mantuvieron la mirada de aquel rostro hermoso, enmarcado en el óvalo de un pañuelo azul, que nada ocultaba. Nada se oculta al deseo de Hafez.

No suelo distraerme en estos casos, en que acostumbro a quedar prendado de la mirada y a jurar con mis ojos a sus ojos amor eterno. Nada suele distraerme en estos casos, en que es tan dulce la sed y cuán largo el olvido.

Pero fue el cuento que algo extraño llamó mi atención y turbó mis ojos, apartándolos con dolor de la joven persa de soñados labios carnosos: sobre una nevera blanca, había uno, dos, tres y hasta seis botecitos redondos de diseño familiar: las infusiones de Lateteraazul, de la empresa berciana (es decir, universal) Pharmadus, que impulsa o más bien propulsa mi admirada amiga Beatriz Escudero. ¡En Shiraz!

Inspire, silence, essential, atracction… las delicadas pirámides de Lateteraazul salían a mi encuentro en la casa de los poetas Saadí y Hafez, para que nunca, nunca en mis días pueda olvidar la mirada de Sherezade.

Sé que lo de encontrar las infusiones bercianas de Lateteraazul en Shiraz o en Isfahan bien me lo creéis; como sé que nunca me creeréis, insensatos, que ella se llamaba Sherezade. Pero al despedirnos, me dio su Facebook y nos hicimos unas fotos. Era una tarde calurosa en Shiraz.

@ValentinCarrera