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Generosa edición que incluye fotografías y otros recursos visuales, el periodista y escritor Valentín Carrera ha publicado Antártida. Viaje al ecosistema de la aventura polar (Ediciones del Viento, España, 2020), libro que, además de testimoniar sus dos viajes al continente polar, revisa la literatura de los grandes expedicionarios.

Enlace a la entrevista en EL NACIONAL por NELSON RIVERA.

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—Usted dedica la primera parte de su libro —casi 150 páginas— a reconstruir la historia de las expediciones a la Antártida. Sorprende, en su relación, que los jefes de las expediciones fueron, en su mayoría, autores de diarios. ¿Hay en ese “diarismo polar” rasgos comunes o característicos?

―En la Biblioteca Viajera de Babel, hay un hexágono dedicado a la aventura polar, y en ese hexágono venturoso, un anaquel contiene los diarios de los sucesivos argonautas del Polo Norte y del Polo Sur. Sus bitácoras o cuadernos de navegación son extraordinarios, son verdaderas obras maestras de la literatura fantástica, por más que se nos presenten disfrazadas de diarios de exploradores o cuadernos de bitácora. No se incluyen, sin embargo, en la selección canónica de la Antología de la literatura fantástica ni en la colección La Biblioteca de Babel, al lado de London, Wells o Stevenson. Sin duda, Jorge Luis Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo preferían climas más templados, pues de otro modo no se entiende esta omisión, que me apresuro a corregir; y de paso, si los lectores me permiten la extravagancia, quisiera incluir también mi libro Antártida, que aún lleno de defectos, como dice Cervantes en su famoso prólogo, es hijo mío y bienquerido.

Volviendo a los diarios, los exploradores polares, además de intrépidos, destemidos y visionarios, son formidables escritores y humanistas. El corazón de la Antártida de Shackleton debe figurar como el número 31 de la colección de Borges, y el volumen 32 corresponde sin duda a El peor viaje del mundo de Cherry-Garrard, compañero de expedición de Scott. Y tras ellos, Sur, también de Shack; Hacia el Polo, de Nansen; y Argonautas del Sur, de Frank Hurley. Como bien dice Bioy en su prólogo (1940), “nos queda material para una segunda antología de la literatura fantástica”, y ahí tendrán acomodo los narradores polares, junto a Verne, Allan Poe y Lovecraft. Anticipo los escalofríos.

—¿Podría contarnos cómo eran los viajes de los primeros expedicionarios, en qué condiciones viajaban, a qué riesgos se enfrentaban?

—Antes de la época heroica —la conquista de los Polos― hay una legión de precursores, parientes lejanos de los vikingos, que navegan a rumbo y fortuna de los vientos. Foqueros y balleneros que cruzan el Atlántico desde Noruega y las islas Shetland y descubren otras islas gemelas, las Shetland del Sur, navegando en un cascarón de nuez, con jerséis de lana y poco más. Son lobos de mar reales, sin metáforas.

Con los avances tanto de la navegación como de las universidades, los institutos zoológicos y botánicos, o las sociedades geográficas, se gestan expediciones bien planificadas, con un claro y ambicioso programa científico; a veces tan sofisticadas como la del médico francés Charcot, que lleva botellas de champán para los días especiales.

En todas ellas, la intendencia del viaje está muy bien planificada, es prodigiosa ―y de nuevo, si reparamos en los detalles, sabremos que estamos en el reino de los relatos fantásticos―: barcos de construcción especial, con maderas tropicales seleccionadas por su dureza o doble casco reforzado; auténticos laboratorios científicos y fotográficos a bordo, con cuarto oscuro para revelar placas, y una impedimenta de cámaras de fotografía y cine que harían palidecer a los fotoperiodistas de National Geographic o de la agencia Magnum.

En algún caso hay improvisación, pero los grandes viajes de Cook, Bouganville, Nansen o Scott son fruto de proyectos maduros, planificados al milímetro, y con mucho ingenio. Luego, el azar o el destino, como se quiera, lo desbarata todo. “Baraja las cartas la mano de dios”, decía el mago argentino René Lavand.

—Los expedicionarios, desde Cook hasta comienzos del siglo XX, realizaban esfuerzos que califican como sobrehumanos. ¿Qué impulsaba a esos hombres a embarcarse en unos viajes tan inciertos y peligrosos? ¿La sociedad les reconocía de algún modo?

—A diferencia de lo que ocurre hoy ―que los científicos van y vienen y la sociedad y los medios de comunicación apenas se enteran― en la época de los grandes exploradores, hay un sentido reconocimiento social. A su regreso del primer viaje, Scott es invitado a las fiestas y recepciones reales. Las sociedades geográficas les rinden honores y consiguen el patrocinio de ricos benefactores. En vísperas de la Gran Guerra, en 1914, Shackleton es despedido por Churchill y la reina le entrega una bandera; y las fotos de Hurley dan la vuelta al mundo. En este siglo cansino que habitamos, no recuerdo ningún rey o jefe de Estado a pie de muelle, despidiendo una exploración científica. Se podrían repasar las privaciones de Cousteau para explorar los océanos. Hace poco tiempo, se celebraron los 500 años de la expedición Malaspina y pasó muy desapercibida, como ocurre cada año con decenas de exploraciones polares. Se diría que el mundo, nuestro mundo, está a otra cosa.

—El relato de un bote de 7 metros, el James Caird, que recorrió 1.300 kilómetros es nada menos que una odisea. ¿Podría recapitularlo para los lectores del Papel Literario?

—Me gusta la expresión odisea ―y seguimos en el territorio polar fantástico―, porque fue un viaje para el que no hay adjetivos bastantes en el diccionario. Los hombretones del Caird hicieron lo imposible, pero su aventura, prodigiosa, fue una pincelada en el óleo antártico. Todo lo que sucedió en la expedición del Endurance supera a cualquier película de ficción de principio a fin: que la guerra estalle la víspera de tu partida, que los mares de hielo se cierren en una invernada inusual y fatal, que treinta marineros sobrevivan casi dos años acampados en un iceberg, que salven trescientas placas fotográficas…  busquemos el mejor guionista de Hollywood, fichemos a Spielberg, Tarantino y John Huston: entre todos no son capaces de escribir el guion del James Caird.

O el rescate de los hombres de Nordenskjöld: el grupo que desembarca para unos días y nadie vuelve a rescatarlos durante un año, y sobreviven en un iglú comiendo pechitos de pingüino y grasa de foca, sin saber que el Antartic ha naufragado, y en otro punto de la Península, el grupo de la cabaña cuenta las noches de la invernada, todo ello sin móvil ni Internet ni GPS. Y al final, como en las películas con happy end, se salvan todos, y se reencuentran, y se miran y se tocan como recién llegados de otro planeta. Díganme si es o no es literatura fantástica, por más que Borges, Bioy y Silvina hayan sido en esta vereda perezosos.

En el libro Antártida sigo los hilos entrecruzados de la conquista del Polo Norte y del Polo Sur, porque discurren en paralelo. El gran Fridtjof Nansen ―héroe nacional noruego y Premio Nobel de la Paz en 1922― desembarca con su colega Johansen para una internada hacia el Polo y permanecen casi dos años extraviados en los hielos, y los encuentra su rival, Jackson, por una carambola del destino, digna de Allan Poe. “Ha llegado el Fran en perfecto estado” cablegrafía el comandante Sverdrup al final de la aventura. ¿Aventura? Pura literatura polar, ese género que pasó desapercibido a Borges. Tal es el embrujo de la Antártida y del Ártico: todo ocurre al otro lado del espejo; y sin embargo, son hombres de carne y hueso, y esa es la parte que me fascina y que indago en mi libro: de qué fibra humana o sobrehumana están construidos James Cook, Ross, Amundsen, Scott, Shack.

—¿Es legítimo pensar que la naturaleza se comporta en la Antártida, bajo lógicas inesperadas y radicales? ¿Le sorprendió aquello con lo que se encontró?

—La Antártida es una sorpresa permanente; soy consciente de mi privilegio como viajero, cinco meses conviviendo en el asombro y la magia de una Naturaleza distinta a todo lo demás. Sí, en la Antártida la naturaleza se comporta de modo inesperado: cada jornada se asoma al abismo, sobre la conciencia del viajero ronda lo absoluto, y lo inexplicable, quizás lo sobrehumano. Para los creyentes, hay una carga religiosa profunda; una fuerza telúrica para los otros creyentes; un misterio para quienes no creemos en el más allá y practicamos el panteísmo de la Naturaleza. La Antártida es diosa principal, Hera en el Olimpo de Hielo, y ante su majestad, la pequeñez humana sucumbe. He llorado contemplando la danza de las ballenas. No sé si el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas, como en el Renacimiento, pero les confirmo que la Antártida es la medida de todos nosotros, de todo cuanto conocemos; y sobre todo de lo que desconocemos.

—Realizó usted dos viajes a la Antártida, en 1986 y en 2016. ¿Le fueron de alguna utilidad la literatura de viajes, polares o no, que había leído previamente?

—Como decía antes a propósito de la incalificable omisión de Borges, definitivamente, sí. La literatura de viajes me acompaña desde mis lecturas tempranas, con una diferencia entre mi primera y mi segunda expedición. En 1986 yo quería ser Jim, escondido en el barril de manzanas, rumbo a la isla del tesoro, y vivir las aventuras de Viaje al centro de la tierra. Me seducía la épica de Stevenson, Verne, Conrad o Hemingway. Treinta años después, en 2016, mi viaje ha buscado la compañía emocional y la intimidad lírica de Cherry-Garrard, la temperatura humana del diario de Scott o el pulso sereno de Mawson. El conjunto de todas esas lecturas, maceradas a bordo de los buques oceanográficos Sarmiento de Gamboa Hespérides, son el sustrato literario de Antártida, un relato que he planteado como un viaje al ecosistema de la aventura polar.

—Su libro me ha hecho pensar que apenas existe difusión del conocimiento sobre la Antártida. Usted viajó como parte de expediciones científicas. ¿Qué han encontrado hasta ahora los científicos en la Antártida? ¿Qué están buscando?

—La Antártida es un paraíso para la Ciencia, es el gran laboratorio. Desde los fósiles y los cientos de cajas de muestras geológicas, colecciones de animales, algas, mediciones y análisis de todo tipo que traen los primeros exploradores, hasta hoy, universidades de todo el mundo han ido acumulando un vasto caudal de conocimiento de todas las disciplinas. Biólogos, geólogos, vulcanólogos, oceanógrafos, físicos. Quiero subrayar que es un laboratorio interdisciplinar, en el que cada dato se pone en correlación con el resto, y es así como la Ciencia avanza: nuevos materiales, la vida de las especies extremófilas (capaces de sobrevivir en la atmósfera de Marte), el cambio climático, la capa de ozono, la contaminación por mercurio en los pingüinos, la situación de los recursos marinos de los mares polares. El catálogo de proyectos de investigación es muy ambicioso. No hay otro escenario donde se pueda hacer Ciencia Total. Por eso mi relato, sin dejar de ser un libro de viajes, toma a veces la forma de ensayo de divulgación científica, con artículos o micro ensayos que he podido escribir gracias al diálogo permanente que iba teniendo a bordo de los buques y en las bases antárticas con los investigadores. Ellos me enseñaban, con mucha paciencia, y yo procuraba aprender. El resultado está ahí, resumido en más de cuatrocientas páginas; pero hubiera necesitado otras tantas páginas para transmitir esa Antártida total, asomada a lo absoluto.

—Escribe usted que el aislamiento en condiciones extremas de la Antártida supone “un despertar de los cinco sentidos y de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad”. ¿Podría comentar esta frase?

—Me sorprende esta curiosidad suya, y me obliga a repensar lo escrito. Por cierto, escrito quizás por el subconsciente, mecanismos misteriosos de la mente, uno piensa textos y los pinta mentalmente, pero luego los dedos sobre el teclado hacen piruetas, y me explico. Las tres potencias del alma ―memoria, entendimiento y voluntad―, están en Aristóteles, pero yo ―que soy licenciado en Filosofía― no tenía a Aristóteles en mente cuando escribí sobre el despertar de las tres potencias. Es una frase familiar, una exhortación que nos decía mi madre de niños, cuando íbamos a un examen o a algún evento importante: “Hijo, hazlo con los cinco sentidos y las tres potencias”. Lo traduzco como: “Entrégate entero, da la mejor de ti”. Y eso es lo que he procurado hacer, poner toda la carne en el asador, despertar los cinco sentidos y alumbrar la memoria, el entendimiento y la voluntad, porque la Antártida es una invitación a dar lo mejor de nosotros mismos, como hizo Shack, y los hombres del Endurance, y todos los demás argonautas del sur. Y volvería a hacerlo, mañana mismo.