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Ocurrió una nochevieja en París. Yo curioseaba por la plaza de Montmartre —donde la bohemia, con los dedos envueltos en mitones raídos, pinta carboncillos y retratos al minuto—, con la secreta ilusión de toparme con Alejandro Dumas del ganchete de la Dama de las Camelias, cuando de pronto irrumpió en la place du Tertre una comitiva de hombres y mujeres prehistóricos.

Cientos de neandertales y cromañones, ataviados a la manera de los Picapiedra, desfilaban para protestar por el paso del tiempo; lo diré mejor: para impedir la llegada del Año Nuevo: “Parad el tiempo —decían las pancartas—. Detened el reloj”. En medio del tumulto, confundido entre los extras de la película Hace un millón de años, me pareció ver a Julio Llamazares conversando con Raquel Welch, pero no podría jurarlo.

Juraría, sin embargo, a poco que me invitéis a un vinín en el Barrio Húmedo —nuestro Montmartre—, que Llamazares pasa por ser el fundador de esa rara secta literaria que cultiva el arte de la quietud. Ateos del tiempo, empoderados por la memoria, capaces de convertir cada mirada suya en un espejo colectivo, un espejo sin bordes al que asomarnos sintiendo en el ombligo el vértigo del propio olvido. “Parad el tiempo” [antes de que la aldea quede desierta, antes de la soledad, antes de que llegue la muerte a las residencias]. “Parad el tiempo”, exhala la voz leída, que se ahoga en la garganta, sin alcanzar el grito.

La rueda dentada del mecanismo silencioso ha puesto sobre mi mesa, por azar y sin permiso, dos libros de Julio Llamazares distanciados entre sí 32 años, pero unidos por el cordón umbilical de la memoria […]

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