Categoría: NOVEDADES

Islas Feroe: vivir en un microestado

Si en vez de grandes potencias insaciables, devastadoras, como China, Rusia y Estados Unidos, todo el planeta estuviera formado por microestados, las cosas nos irían mucho mejor. No hay noticia de ningún microestado que haya invadido Irán o talado la selva amazónica. Más humanos, más democráticos, más respetuosos con su entorno natural, con sus cielos y sus mares, los microestados han nacido para quedarse.

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In memoriam: Benito González, de Rodanillo

* Autor de los libros “Rodanillo” y “La villa de Losada”.
Nos ha dejado Benito González González de Rodanillo. No necesita más títulos: para él, ser de Rodanillo era la mayor honra y orgullo, y aunque falleció en Madrid, reposa ya entre sus paisanos, carreros y vinateros del Alto Bierzo, a los que dedicó su afán de historador, con pasión y con entusiasmo.
Teníamos pendiente una cita en la bodega, que ya no podrá ser: no llegamos a conocernos personalmente, pero me envió su primer libro, Rodanillo, y me pidió el prólogo del segundo, La villa de Losada, que escribí con mucho gusto, y con este motivo charlamos varias veces del pueblo común de nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos: Samuel, Arsenio, Francisco, Antonia… las sagas familiares de los González, Pestaña, Cubero, Álvarez, Arias, Vega, Velasco.
Benito nos tenía a todos fichados, y ha recogido el testigo de su trabajo David González, que sigue ensanchando la genealogía y la historia de Rodanillo y de todo el Bierzo Alto, como hizo Benito en sus dos ensayos. Escribí acerca del primer libro: “Si los 346 núcleos de población del Bierzo tuvieran cada uno un libro como el de Benito sobre Rodanillo, tendríamos una inmensa y precisa, y preciosa, wikipedia berciana de 120.000 páginas, una Larousse comarcal, un Espasa medular, una Enciclopedia Británica-berciana, El Bierzo universal y entero compendiado, el sueño de Borges. Harían falta cuatrocientos bercianos que amaran cada cual a su propio pueblo tanto como Benito González González al suyo: Rodanillo”.
Procuro no olvidar mis raíces, pero tenía algo olvidada la raíz de Rodanillo —los abuelos vivían en San Román y en Rimor, de donde guarda la memoria los tesoros de la infancia—; pero le debo a Benito haber tomado conciencia de mi ADN rodanillense, gracias a sus libros y al acicate de sus conversaciones. Sus dos estudios forman parte de mi patrimonio familiar: están en el estante de los libros heredados de mi padre o rescatados del desván de Rimor, o de la cartilla de Aritmética con anotaciones manuscritas del abuelo Samuel.
Todo el pueblo de Rodanillo, pero también Losada y todo el Bierzo Alto, tienen una deuda de gratitud con Benito González, a quien propongo nombrar hijo predilecto. Su trabajo como historiador ha sido una defensa de nuestras señas de identidad: “¡Eh, que somos de Rodanillo!, un respeto a los tatarabuelos, estamos aquí desde el año 1085, o antes”.
Concluyo con las palabras que dediqué a Benito en 2010, a propósito de su primer libro: Nunca he tenido vergüenza de decir que soy de pueblo; al contrario, presumo de ser de pueblo; pero ahora, leyendo las páginas de Rodanillo, más que presumir, voy a colocar en mi escudo heráldico una rueda de carro con doce rayos de madera de fresno o de encina, la esquilina que repica en el campanario de Rodanillo y un pendón adamascado de siete paños bordados de rojo carmesí, con una orla que diga: “soy de Rodanillo”. Que no hay pueblo que sea patria chica, sino inmensa: patria y matria cuyo estudio y conocimiento ensancha las luminosas estancias de la dignidad y de la memoria
Gracias, Benito González González: que un carro alado, tallado por las manos artesanas de tu abuelo Nemesio y de mi abuelo Samuel, te lleve cada tarde cantando el buje por La Barda y La Corona, la Buzona, la Cárcaba, la Chana, Lidanos, Fontán, Ferrao, Garabitos, las Lleras, el Mayolón, los trigales de Platacida, el Pasto del Burro, los Quiñones, la dehesa de Valdelagares y por los castaños de las Vallinas. Por tu Rodanillo, que tanto amabas.
Valentín Carrera
Foto: Cortesía Bembibre Digital.
—Arbol genealógico de Benito, por David González, en Bembibre Digital.
—Rodanillo, de Benito González González, ediciones Monte Casino, Zamora, 2010, 291 págs., con numerosas fotos e ilustraciones y anexos documentales.
—La villa de Losada, su historia y sus gentes.
—Más sobre Rodanillo: http://www.rodanillo.com/

Le Seigneur de Bembibre [Français]

Traduit de l’Espagnol par Jean-Louis Picoche.
Il s’agit de la première traduction française de l’œuvre classique espagnol El Señor de Bembibre, Le Seigneur de Bembibre, d’Enrique Gil y Carrasco, écrite en 1844 à un âge bien plus ancien, “les premières années du XIVe siècle”.
Le Seigneur de Bembibre est considéré comme le meilleur roman de la tradition romantique espagnole et il jouit d’une grande considération dans le romantisme européen. Il fut notamment comparé de nombreuse fois à l’œuvre d’Ivanhoé de Sir Walter Scott, admiré par Enrique Gil.
L’auteur, Enrique Gil y Carrasco (Villafranca del Bierzo, Espagne, 1815-Berlin, Allemagne, 1846) eut une vie courte. Il est décédé à l’âge de trente et un ans. Enrique Gil était un écrivain brillant, doté d’une intelligence exceptionnelle et d’une mémoire prodigieuse. Il a poursuivi sa carrière dans la ville de Madrid ainsi qu’à la cour du roi, fréquentant les milieux littéraires, révolutionnaires et maçonniques de l’écrivain Espronceda, son fidèle ami.
Après seulement une décennie d’écriture, il nous a laissé un corpus solide et incisif, qui offre encore aujourd’hui des récompenses aux lecteurs modernes. Poète, journaliste de voyages, critique théâtral et littéraire, romancier et diplomate: tout ce dont sa main touchait acquerrait une nuance d’élégance et de beauté.
Sa poésie annonçait, trois décennies plus tôt, les Rimes de Bécquer et les Cantiques galiciennes de Rosalía de Castro. En tant que critique théâtral, ses écrits fixent les critères de toute la scène à Madrid. Malgré sa courte vie, les infatigables articles de ce voyageur sur les us et coutumes demeurent un modèle pour les journalistes d’aujourd’hui.
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Ilustración portada: cortesía de iLeon.

Úrsula Rodríguez: Ingrid Bergman de Jaén

MIGUEL A. VARELA |  Pereira conoció a Úrsula en la cola de un cine en el que ponían “Casablanca”. Y Antonio, provinciano con vocación cosmopolita y galán miope más enamoradizo que casanova, aunque alejado de las formas estereotipadamente masculinas de Humphrey Bogart, no perdió la oportunidad.
Aquella Ingrid Bergman de Jaén, guapa, inteligente, divertida, generosa, culta y con un gran talento para caer bien, fue su compañera, su cómplice, su amante, su choferesa y la persona que más ha velado por la herencia literaria del escritor villafranquino, fallecido hace diez años en León.
Desde aquel 25 de abril de 2009, Úrsula Rodríguez Hesles volcó todo su esfuerzo en mantener vivo el legado de uno de los grandes escritores que ha dado este país en el último siglo, a través de la Fundación Antonio Pereira. Impulsando la publicación de la obra poética y narrativa completa, organizando conferencias, montando congresos, favoreciendo la investigación académica, creando becas o promoviendo actividades que han mantenido viva la obra de un gran escritor de provincias, que no provinciano.
Antonio amó profundamente a Úrsula: “La medida del arco de mis brazos”; “en ti se cumplen todos mis caminos”… Úrsula le correspondió con la generosidad que la caracterizaba. Su contagiosa vitalidad se quebró a principios de año, justo cuando la Fundación estaba en plena organización de los actos del décimo aniversario del fallecimiento de su marido.
El próximo 13 de junio el Teatro Villafranquino acogerá Mucho cuento, el espectáculo a la memoria de Antonio que un grupo de amigos estrenamos hace unos pocos días en el Auditorio de León. Úrsula, ya débil, no pudo asistir en persona, aunque su alma estuvo presente en cada uno de los participantes y de los espectadores que llenaron la sala.
Esta mañana falleció en León. Úrsula, la Ingrid Bergman de Jaén, se ha ido con Antonio, el Bogart de la Cábila. Sobre las colinas de Villafranca del Bierzo, la cámara se eleva en panorámica y el viento silba As time goes by…
IN MEMORIAM [por cortesía del autor y de BierzoDiario].
Web Fundación Antonio Pereira.

Carbón: afrontar la verdad como único camino

—El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, bella, límpida, sin artificios
—¿Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en los años 50? ¿Qué contaminación y qué accidentes nos han ocultado durante décadas?
—“En 1953 el trabajo en la Central era como manipular lava de un volcán: un infierno”
por Valentín Carrera
Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta fruición y con el corazón encogido: la portada es inquietante, un gris indefinido de la paleta del Camino Negro con la palabra Carbón impresa en negro y el nombre de la autora, pero cuando le quitas al libro la camisa y contemplas el retrato de Ana a los nueve años, ya no puedes apartar la vista ni dejar la lectura hasta sentir cada párrafo temblar entre tus dedos.
Carbón (Madrid, 2018, edición muy cuidada de la editorial papelesmínimos), segunda novela de Sara Velasco, Ponferrada, 1954, médica, psicoanalista y narradora, un relato magistral: “Léelo”, me avisó Miguel Varela, que habla de lo que sabe y sabe de lo que habla. De modo que le quité la camisa marengo, al libro, y me sumergí en la mirada traviesa de Ana, pura inocencia, podría haber sido mi hermana o la tuya:
“—¿Quién ha tosido? —pregunta papá mientras avanza por el pasillo. Siempre que oye una tosecilla en casa se pone nervioso y repite la misma canción”.
La historia comienza en 1958: Elvis Presley va a la mili y en Sierra Maestra avanza la revolución cubana. Ana tiene cinco años y Sara cuatro, son dos niñas termicanas, nacidas en la Térmica de Ponferrada, para los forasteros el poblado de Endesa, contiguo a la Central Térmica de Compostilla. En Madrid manda Franco y manda mucho: pasaron cosas que nunca supimos (o algunos no quisieron saber) y a duras penas vamos sabiendo.
La prensa publica hoy la noticia de los 296 campos de concentración del franquismo: uno de ellos en Fabero, sin ir más lejos, documentado en el ensayo De siervos a esclavos, de Alejandro Martínez, sobre la minería de carbón en El Bierzo. Hay demasiadas cosas ocultas: censura, represión, miedo. Cierto paralelismo con ese relato masculino de la historia en el que las mujeres no cuentan, son princesas de Disney o parte del ajuar doméstico, que viene siendo lo mismo.
Hace tiempo que reflexiono sobre este relato dominante en la sociedad y la economía de mi tierra, El Bierzo, el Lejano Oeste de la minería: “Ponferrada, ciudad del dólar”, era el santo y seña. ¡Cuánta riqueza efímera y cuánto desarrollo industrial en falso, para acabar siendo la comarca con más despoblación y paro del Noroeste!
El beneficio se evaporó, eso ya lo sabemos, y dejó un rastro de pobreza y abandono en Corbón, Matarrosa, Toreno, Fabero, Laciana, dulcificado con millones de euros europeos para callar bocas corruptas. Pero, ¿y los costes ocultos de la minería y de las térmicas? ¿Quién pagará, durante décadas, la factura del desarrollismo implacable de los años 50? Si los mineros enfermaban o morían con los pulmones abrasados por la silicosis o caía lluvia ácida o un tsunami de carbonilla sobre la ciudad de Ponferrada, ¿quién protestaba? Miedo y silencio.
¿Qué pasaba en los hornos? ¿Y en el interior de los pozos? ¿Cuántos sarcomas mortales, cuántas alergias mal diagnosticadas? ¿Cuántos abortos espontáneos que no eran tan espontáneos? ¿Y si también hubo entre nosotros un Chernóbil, un Bhopal tóxico que nunca salió en los periódicos?
 
Manipular lava de un volcán
Por ejemplo, ¿qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Tal vez hubo algún accidente? ¿Funcionaban bien las calderas Oerlikon, suministradas por Alemania? ¿Por qué tuvieron que venir ingenieros alemanes a cambiarlas? ¿Qué pasaba con la fusión de las cenizas? ¿Cuántas amas de casa ponferradinas recuerdan que no podían tender la ropa porque todo se cubría de carbonilla? ¿Quiénes, cuántos bercianos respiraron aquel Nunca Máis de humo y azufre? ¿Con qué consecuencias?
Han tenido que transcurrir sesenta años para que empiece a aflorar la verdad de las cosas en informes como El lado oscuro del carbón, de Greenpeace, o la novela Carbón de Sara Velasco: “Imagínate el trabajo —explica años después el padre, ingeniero de la Térmica, a su hija—, era igual que intentar manipular lava de un volcán. Para que las cenizas siguieran líquidas hasta el final de la evacuación, había que mantenerlas a una temperatura controlada que no se conseguía. O bien, se enfriaban y se solidificaban en bloques de escoria que atascaban la salida, de manera que los operarios tenían que remover esos bloques. O bien, la temperatura subía demasiado y la escoria hirviendo corría fluida por los tubos de salida de la caldera dañando las paredes, que reventaban. Un infierno”.
¿Cuántos bercianos trabajaron en aquel infierno? ¿Y qué pasó en 1961, un gran incendio en la Central en el que ardió una de las cuatro torres de transformación del parque de alta tensión? “Las llamas llegaron a la sala de mandos. Hubo que evacuar a todo el mundo y todo se destruyó. El desastre fue muy grave”. Tampoco salió en el NO-DO.
 
Cisne de ojos azules
—¡Bah, será una alergia!, diría algún médico displicente a la madre con ataques de asma, nunca tratada, ni siquiera escuchada en sus dos abortos —escribe Sara Velasco—, “cuando la Central manaba polvo de carbón y una nube amarillenta —sé bien ahora que era azufre—, cubría el cielo lentamente. La tarde se volvía tétrica. ¿Cómo no pensaron nunca que tenía relación con la contaminación del aire”, se pregunta entre indignada y estupefacta la autora, que vio morir a su hermana y a su padre, y vio a su madre padecer asma el resto de su vida: “Sé que muchas de aquellas moléculas que surcaban el aire ­—azufre, nitratos, mercurio, plomo, uranio— tenían que ser venenosas para una mujer embarazada y para su delicadísimo feto”.
El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, límpida, bellísima, sin artificios. Un retrato generacional en blanco y negro, como nuestros uniformes escolares y las fotos de primera comunión, con curas abusadores de niñas, como El Sopas, también apodado El Mierda, que tampoco salían en el NO-DO.
Dolorosas, por empatía directa, las páginas en las que afloran la biopsia de médula ósea y el sarcoma, y se desencadena el desastre; hermoso el retrato premonitorio de Ana, prima ballerina de ojos azules, danzando La muerte del cisne.
Carbón es un libro doloroso pero necesario, sanador, catarsis y espejo: “Y nunca hablo, porque si hablo, lloro” —escribe la autora en su proceso de sanación. Quizás la escritura como terapia y afrontar la verdad, el conocimiento, como el único camino posible:
—Fuimos muy felices allí, en la Térmica, pero a ellos dos les costó la vida.
 
Para leer:
—Carbón, de Sara Velasco, editorial papelesmínimos, Madrid, 2018.
—Diario.es: «Mi padre y mi hermana murieron por la contaminación de esos volcanes malignos que son las centrales de carbón».
—Informe de Greenpeace: El lado oscuro del carbón.

 

Club tULEctura: la animación a la lectura como servicio público

—Iniciativa pionera de la Biblioteca de la Universidad de León
—El blog tULEctura superó los cuatro millones de visitas en 2018
 
por Valentín Carrera
Fue en la plaza Fernando Miranda de Ponferrada, mi querido profesor Manuel Rodríguez, a la sazón buen concejal de Cultura, me invitó a pregonar la Semana del Libro, siempre en durísima competición con los partidos de la Champions que los bares de la plaza proyectan en pantallas gigantes. Fue allí, entre gritos de ¡Gooool! y vítores de los intelectuales locales a la Roja, donde pedí la apertura de librerías de guardia, tan necesarias como las farmacias.
¡Ah, las librerías de guardia!, decía entonces: Necesitas a medianoche un Espronceda, o te duele la lírica, y acudes a la librería de turno, “Deme unas estrofas”. “No las tome en ayunas, mejor un par de endecasílabos con cada comida”.
Pues bien, la Universidad de León, en adelante ULE, ha montado una librería de guardia en la Biblioteca Universitaria San Isidoro, donde prescribe los medicamentos —en realidad te dan solo el prospecto para leer, sin las grageas— un bibliotecario berciano, Santiago Asenjo, digno colega de otro bibliotecario ilustre, Enrique Gil y Carrasco, que lo fue en la Biblioteca Nacional, en cuyo gabinete escribió El Señor de Bembibre, poco antes de emprender su definitivo viaje a Berlín.
La Biblioteca del Campus de Vegazana, sin dejar de ser universal, es leonesa y berciana por los cuatro costados: alberga entre otros tesoros la Fundación Antonio Pereira, en la que se custodian, catalogan y estudian las obras y todo un caudal de cuadernos inéditos, notas, apuntes y recuerdos del ilustre poeta y cuentista villafranquino. Impulsa esta labor ejemplar Úrsula Rodríguez, viuda de Antonio Pereira.
Baste este ejemplo para poner en valor los fondos de la Biblioteca Universitaria de León, que disfrutarán los investigadores y curiosos que quisieren, pero me gustaría en esta nota poner el énfasis en la tarea de animación a la lectura, en la que el equipo de Asenjo tiene una espléndida trayectoria: desde 2012 la ULE forma parte de la Red Internacional de Universidades Lectoras (RIUL) a través del Club tULEctura, que comenzó su primera programación en el curso 2013/2014, y en apenas cuatro años, en julio de 2018, su blog superó los cuatro millones de visitas.
 
Red Internacional
Cuatro millones de blogueros en un Club de Lectura es mucho, pero el dato es cualitativamente más potente si añadimos que el 60% de esas visitas fueron desde el extranjero, en especial desde países de América Latina. Estamos hablando, pues, de un impacto global cuya programación anima a la lectura de distintos géneros, desde la literatura a la divulgación científica; promueve la participación de los lectores y les facilita herramientas en abierto, así como material docente y de investigación a través del repositorio BULERÍA.
Este trabajo de divulgación no se limita al Campus de Vegazana, ni al espacio virtual de la Red, sino que la Biblioteca llega físicamente a todo el territorio de la provincia leonesa, incluido el Lejano Oeste Bierzo, gracias a su acción conjunta con el Servicio de Bibliobuses de León, dependiente del Instituto Leonés de Cultura. En una provincia extensa, en la que las nieves y los inviernos crudos aíslan aún más a una población cada vez más envejecida, la llegada semanal o quincenal del Bibliobús cargado de libros es, ya lo anticipamos, una auténtica librería de guardia. “Le traemos Cicatrices de charol, doña Leonila, le va a gustar”. “Gracias, hija, pero déjame también esos comics que veo ahí, para mi nietín, que viene el fin de semana…”.
Medicamentos del alma y del espíritu sin receta, una red de bibliobuses capaces de llegar al Páramo o a la Omaña, a Babia o a la Cabrera. Y si eres mileurista, te regalan los supositorios: cada año hacen en el Campus una “suelta” o liberación masiva de libros, una acción de Bookcrossing, generosa, festiva y divertida.
 
Trabajo en equipo
También llegan lejos, allá donde alcanza Internet, las sesiones del club tULEctura con autores, que son grabadas en vídeo y subidas al repositorio de la ULE. Sé por experiencia personal que el servicio es ágil y eficaz: la semana pasada tuve el honor de inaugurar el programa 2019 de #LecturasdeDivulgaciónCientífica, con una invitación a la lectura de mi ensayo La aventura de la ciencia en la Antártida, que fue emitida en streaming, y a las pocas horas del evento, todos los materiales estaban colgados en la red, a disposición de ese 60% de usuarios desde Latinoamérica y todo el mundo.
Un lujo por el que quiero dar las gracias y felicitar a todo el equipo de la Biblioteca Universitaria de León: Ana María Rodríguez Otero, administradora del blog tULEctura y codirectora del Club de Lectura; Jesús María Nieto Ibáñez, coordinador de la Red Internacional de Universidades Lectoras (RIUL); Natalia Álvarez Méndez, codirectora del Club de Lectura; Roberto Soto Arranz, director del Club Leemos con el Bibliobús del Instituto Leonés de Cultura; Nuria González Rabanal, directora de la Cátedra Almirante Bonifaz; Teresa Llamazares Prieto, directora del Programa Interuniversitario de la Experiencia (PIEx); Teresa Renilla Santos, coordinadora del Campus de Excelencia Triangular; Beatriz Abella García, programa de Acercamiento Intergeneracional; y el ya citado Santiago Asenjo Rodríguez, director de la Biblioteca de la Universidad de León.
Les invito a visitar su blog de guardia y participar de sus tratamientos médicos, mano de santo, remedios tan saludables como Cruce de caminos, proyecto de fomento de lectura compartido por las Universidades de Burgos, Extremadura y León, tres universidades hermanadas por la lectura que igual mapean el Camino de Santiago o la Ruta de la Plata, como hacen concursos de poemas virtuales el día de los enamorados, tal que así: “El crimen de la escritura / traducir poesía / sin querer / un largo viaje”. Ahora, amable lector o lectora, áteme usted esa mosca por el rabo. Puede ganar una de las tres bicicletas de premio. Dense prisa que el plazo acaba el 22 de marzo.
Enlaces:
—Biblioteca Universitaria de León.
—­Blog tULECtura.
—Cruce de caminos.
—Fundación Antonio Pereira.
—Eventos (repositorio de video de laULE).
—Twitter: @tULEctura

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