Categoría: NOVEDADES

Islas Feroe: vivir en un microestado

Si en vez de grandes potencias insaciables, devastadoras, como China, Rusia y Estados Unidos, todo el planeta estuviera formado por microestados, las cosas nos irían mucho mejor. No hay noticia de ningún microestado que haya invadido Irán o talado la selva amazónica. Más humanos, más democráticos, más respetuosos con su entorno natural, con sus cielos y sus mares, los microestados han nacido para quedarse.

Read More
Loading

Úrsula Rodríguez: Ingrid Bergman de Jaén

MIGUEL A. VARELA |  Pereira conoció a Úrsula en la cola de un cine en el que ponían “Casablanca”. Y Antonio, provinciano con vocación cosmopolita y galán miope más enamoradizo que casanova, aunque alejado de las formas estereotipadamente masculinas de Humphrey Bogart, no perdió la oportunidad.
Aquella Ingrid Bergman de Jaén, guapa, inteligente, divertida, generosa, culta y con un gran talento para caer bien, fue su compañera, su cómplice, su amante, su choferesa y la persona que más ha velado por la herencia literaria del escritor villafranquino, fallecido hace diez años en León.
Desde aquel 25 de abril de 2009, Úrsula Rodríguez Hesles volcó todo su esfuerzo en mantener vivo el legado de uno de los grandes escritores que ha dado este país en el último siglo, a través de la Fundación Antonio Pereira. Impulsando la publicación de la obra poética y narrativa completa, organizando conferencias, montando congresos, favoreciendo la investigación académica, creando becas o promoviendo actividades que han mantenido viva la obra de un gran escritor de provincias, que no provinciano.
Antonio amó profundamente a Úrsula: “La medida del arco de mis brazos”; “en ti se cumplen todos mis caminos”… Úrsula le correspondió con la generosidad que la caracterizaba. Su contagiosa vitalidad se quebró a principios de año, justo cuando la Fundación estaba en plena organización de los actos del décimo aniversario del fallecimiento de su marido.
El próximo 13 de junio el Teatro Villafranquino acogerá Mucho cuento, el espectáculo a la memoria de Antonio que un grupo de amigos estrenamos hace unos pocos días en el Auditorio de León. Úrsula, ya débil, no pudo asistir en persona, aunque su alma estuvo presente en cada uno de los participantes y de los espectadores que llenaron la sala.
Esta mañana falleció en León. Úrsula, la Ingrid Bergman de Jaén, se ha ido con Antonio, el Bogart de la Cábila. Sobre las colinas de Villafranca del Bierzo, la cámara se eleva en panorámica y el viento silba As time goes by…
IN MEMORIAM [por cortesía del autor y de BierzoDiario].
Web Fundación Antonio Pereira.

Carbón: afrontar la verdad como único camino

—El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, bella, límpida, sin artificios
—¿Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en los años 50? ¿Qué contaminación y qué accidentes nos han ocultado durante décadas?
—“En 1953 el trabajo en la Central era como manipular lava de un volcán: un infierno”
por Valentín Carrera
Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta fruición y con el corazón encogido: la portada es inquietante, un gris indefinido de la paleta del Camino Negro con la palabra Carbón impresa en negro y el nombre de la autora, pero cuando le quitas al libro la camisa y contemplas el retrato de Ana a los nueve años, ya no puedes apartar la vista ni dejar la lectura hasta sentir cada párrafo temblar entre tus dedos.
Carbón (Madrid, 2018, edición muy cuidada de la editorial papelesmínimos), segunda novela de Sara Velasco, Ponferrada, 1954, médica, psicoanalista y narradora, un relato magistral: “Léelo”, me avisó Miguel Varela, que habla de lo que sabe y sabe de lo que habla. De modo que le quité la camisa marengo, al libro, y me sumergí en la mirada traviesa de Ana, pura inocencia, podría haber sido mi hermana o la tuya:
“—¿Quién ha tosido? —pregunta papá mientras avanza por el pasillo. Siempre que oye una tosecilla en casa se pone nervioso y repite la misma canción”.
La historia comienza en 1958: Elvis Presley va a la mili y en Sierra Maestra avanza la revolución cubana. Ana tiene cinco años y Sara cuatro, son dos niñas termicanas, nacidas en la Térmica de Ponferrada, para los forasteros el poblado de Endesa, contiguo a la Central Térmica de Compostilla. En Madrid manda Franco y manda mucho: pasaron cosas que nunca supimos (o algunos no quisieron saber) y a duras penas vamos sabiendo.
La prensa publica hoy la noticia de los 296 campos de concentración del franquismo: uno de ellos en Fabero, sin ir más lejos, documentado en el ensayo De siervos a esclavos, de Alejandro Martínez, sobre la minería de carbón en El Bierzo. Hay demasiadas cosas ocultas: censura, represión, miedo. Cierto paralelismo con ese relato masculino de la historia en el que las mujeres no cuentan, son princesas de Disney o parte del ajuar doméstico, que viene siendo lo mismo.
Hace tiempo que reflexiono sobre este relato dominante en la sociedad y la economía de mi tierra, El Bierzo, el Lejano Oeste de la minería: “Ponferrada, ciudad del dólar”, era el santo y seña. ¡Cuánta riqueza efímera y cuánto desarrollo industrial en falso, para acabar siendo la comarca con más despoblación y paro del Noroeste!
El beneficio se evaporó, eso ya lo sabemos, y dejó un rastro de pobreza y abandono en Corbón, Matarrosa, Toreno, Fabero, Laciana, dulcificado con millones de euros europeos para callar bocas corruptas. Pero, ¿y los costes ocultos de la minería y de las térmicas? ¿Quién pagará, durante décadas, la factura del desarrollismo implacable de los años 50? Si los mineros enfermaban o morían con los pulmones abrasados por la silicosis o caía lluvia ácida o un tsunami de carbonilla sobre la ciudad de Ponferrada, ¿quién protestaba? Miedo y silencio.
¿Qué pasaba en los hornos? ¿Y en el interior de los pozos? ¿Cuántos sarcomas mortales, cuántas alergias mal diagnosticadas? ¿Cuántos abortos espontáneos que no eran tan espontáneos? ¿Y si también hubo entre nosotros un Chernóbil, un Bhopal tóxico que nunca salió en los periódicos?
 
Manipular lava de un volcán
Por ejemplo, ¿qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Tal vez hubo algún accidente? ¿Funcionaban bien las calderas Oerlikon, suministradas por Alemania? ¿Por qué tuvieron que venir ingenieros alemanes a cambiarlas? ¿Qué pasaba con la fusión de las cenizas? ¿Cuántas amas de casa ponferradinas recuerdan que no podían tender la ropa porque todo se cubría de carbonilla? ¿Quiénes, cuántos bercianos respiraron aquel Nunca Máis de humo y azufre? ¿Con qué consecuencias?
Han tenido que transcurrir sesenta años para que empiece a aflorar la verdad de las cosas en informes como El lado oscuro del carbón, de Greenpeace, o la novela Carbón de Sara Velasco: “Imagínate el trabajo —explica años después el padre, ingeniero de la Térmica, a su hija—, era igual que intentar manipular lava de un volcán. Para que las cenizas siguieran líquidas hasta el final de la evacuación, había que mantenerlas a una temperatura controlada que no se conseguía. O bien, se enfriaban y se solidificaban en bloques de escoria que atascaban la salida, de manera que los operarios tenían que remover esos bloques. O bien, la temperatura subía demasiado y la escoria hirviendo corría fluida por los tubos de salida de la caldera dañando las paredes, que reventaban. Un infierno”.
¿Cuántos bercianos trabajaron en aquel infierno? ¿Y qué pasó en 1961, un gran incendio en la Central en el que ardió una de las cuatro torres de transformación del parque de alta tensión? “Las llamas llegaron a la sala de mandos. Hubo que evacuar a todo el mundo y todo se destruyó. El desastre fue muy grave”. Tampoco salió en el NO-DO.
 
Cisne de ojos azules
—¡Bah, será una alergia!, diría algún médico displicente a la madre con ataques de asma, nunca tratada, ni siquiera escuchada en sus dos abortos —escribe Sara Velasco—, “cuando la Central manaba polvo de carbón y una nube amarillenta —sé bien ahora que era azufre—, cubría el cielo lentamente. La tarde se volvía tétrica. ¿Cómo no pensaron nunca que tenía relación con la contaminación del aire”, se pregunta entre indignada y estupefacta la autora, que vio morir a su hermana y a su padre, y vio a su madre padecer asma el resto de su vida: “Sé que muchas de aquellas moléculas que surcaban el aire ­—azufre, nitratos, mercurio, plomo, uranio— tenían que ser venenosas para una mujer embarazada y para su delicadísimo feto”.
El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, límpida, bellísima, sin artificios. Un retrato generacional en blanco y negro, como nuestros uniformes escolares y las fotos de primera comunión, con curas abusadores de niñas, como El Sopas, también apodado El Mierda, que tampoco salían en el NO-DO.
Dolorosas, por empatía directa, las páginas en las que afloran la biopsia de médula ósea y el sarcoma, y se desencadena el desastre; hermoso el retrato premonitorio de Ana, prima ballerina de ojos azules, danzando La muerte del cisne.
Carbón es un libro doloroso pero necesario, sanador, catarsis y espejo: “Y nunca hablo, porque si hablo, lloro” —escribe la autora en su proceso de sanación. Quizás la escritura como terapia y afrontar la verdad, el conocimiento, como el único camino posible:
—Fuimos muy felices allí, en la Térmica, pero a ellos dos les costó la vida.
 
Para leer:
—Carbón, de Sara Velasco, editorial papelesmínimos, Madrid, 2018.
—Diario.es: «Mi padre y mi hermana murieron por la contaminación de esos volcanes malignos que son las centrales de carbón».
—Informe de Greenpeace: El lado oscuro del carbón.

 

Club tULEctura: la animación a la lectura como servicio público

—Iniciativa pionera de la Biblioteca de la Universidad de León
—El blog tULEctura superó los cuatro millones de visitas en 2018
 
por Valentín Carrera
Fue en la plaza Fernando Miranda de Ponferrada, mi querido profesor Manuel Rodríguez, a la sazón buen concejal de Cultura, me invitó a pregonar la Semana del Libro, siempre en durísima competición con los partidos de la Champions que los bares de la plaza proyectan en pantallas gigantes. Fue allí, entre gritos de ¡Gooool! y vítores de los intelectuales locales a la Roja, donde pedí la apertura de librerías de guardia, tan necesarias como las farmacias.
¡Ah, las librerías de guardia!, decía entonces: Necesitas a medianoche un Espronceda, o te duele la lírica, y acudes a la librería de turno, “Deme unas estrofas”. “No las tome en ayunas, mejor un par de endecasílabos con cada comida”.
Pues bien, la Universidad de León, en adelante ULE, ha montado una librería de guardia en la Biblioteca Universitaria San Isidoro, donde prescribe los medicamentos —en realidad te dan solo el prospecto para leer, sin las grageas— un bibliotecario berciano, Santiago Asenjo, digno colega de otro bibliotecario ilustre, Enrique Gil y Carrasco, que lo fue en la Biblioteca Nacional, en cuyo gabinete escribió El Señor de Bembibre, poco antes de emprender su definitivo viaje a Berlín.
La Biblioteca del Campus de Vegazana, sin dejar de ser universal, es leonesa y berciana por los cuatro costados: alberga entre otros tesoros la Fundación Antonio Pereira, en la que se custodian, catalogan y estudian las obras y todo un caudal de cuadernos inéditos, notas, apuntes y recuerdos del ilustre poeta y cuentista villafranquino. Impulsa esta labor ejemplar Úrsula Rodríguez, viuda de Antonio Pereira.
Baste este ejemplo para poner en valor los fondos de la Biblioteca Universitaria de León, que disfrutarán los investigadores y curiosos que quisieren, pero me gustaría en esta nota poner el énfasis en la tarea de animación a la lectura, en la que el equipo de Asenjo tiene una espléndida trayectoria: desde 2012 la ULE forma parte de la Red Internacional de Universidades Lectoras (RIUL) a través del Club tULEctura, que comenzó su primera programación en el curso 2013/2014, y en apenas cuatro años, en julio de 2018, su blog superó los cuatro millones de visitas.
 
Red Internacional
Cuatro millones de blogueros en un Club de Lectura es mucho, pero el dato es cualitativamente más potente si añadimos que el 60% de esas visitas fueron desde el extranjero, en especial desde países de América Latina. Estamos hablando, pues, de un impacto global cuya programación anima a la lectura de distintos géneros, desde la literatura a la divulgación científica; promueve la participación de los lectores y les facilita herramientas en abierto, así como material docente y de investigación a través del repositorio BULERÍA.
Este trabajo de divulgación no se limita al Campus de Vegazana, ni al espacio virtual de la Red, sino que la Biblioteca llega físicamente a todo el territorio de la provincia leonesa, incluido el Lejano Oeste Bierzo, gracias a su acción conjunta con el Servicio de Bibliobuses de León, dependiente del Instituto Leonés de Cultura. En una provincia extensa, en la que las nieves y los inviernos crudos aíslan aún más a una población cada vez más envejecida, la llegada semanal o quincenal del Bibliobús cargado de libros es, ya lo anticipamos, una auténtica librería de guardia. “Le traemos Cicatrices de charol, doña Leonila, le va a gustar”. “Gracias, hija, pero déjame también esos comics que veo ahí, para mi nietín, que viene el fin de semana…”.
Medicamentos del alma y del espíritu sin receta, una red de bibliobuses capaces de llegar al Páramo o a la Omaña, a Babia o a la Cabrera. Y si eres mileurista, te regalan los supositorios: cada año hacen en el Campus una “suelta” o liberación masiva de libros, una acción de Bookcrossing, generosa, festiva y divertida.
 
Trabajo en equipo
También llegan lejos, allá donde alcanza Internet, las sesiones del club tULEctura con autores, que son grabadas en vídeo y subidas al repositorio de la ULE. Sé por experiencia personal que el servicio es ágil y eficaz: la semana pasada tuve el honor de inaugurar el programa 2019 de #LecturasdeDivulgaciónCientífica, con una invitación a la lectura de mi ensayo La aventura de la ciencia en la Antártida, que fue emitida en streaming, y a las pocas horas del evento, todos los materiales estaban colgados en la red, a disposición de ese 60% de usuarios desde Latinoamérica y todo el mundo.
Un lujo por el que quiero dar las gracias y felicitar a todo el equipo de la Biblioteca Universitaria de León: Ana María Rodríguez Otero, administradora del blog tULEctura y codirectora del Club de Lectura; Jesús María Nieto Ibáñez, coordinador de la Red Internacional de Universidades Lectoras (RIUL); Natalia Álvarez Méndez, codirectora del Club de Lectura; Roberto Soto Arranz, director del Club Leemos con el Bibliobús del Instituto Leonés de Cultura; Nuria González Rabanal, directora de la Cátedra Almirante Bonifaz; Teresa Llamazares Prieto, directora del Programa Interuniversitario de la Experiencia (PIEx); Teresa Renilla Santos, coordinadora del Campus de Excelencia Triangular; Beatriz Abella García, programa de Acercamiento Intergeneracional; y el ya citado Santiago Asenjo Rodríguez, director de la Biblioteca de la Universidad de León.
Les invito a visitar su blog de guardia y participar de sus tratamientos médicos, mano de santo, remedios tan saludables como Cruce de caminos, proyecto de fomento de lectura compartido por las Universidades de Burgos, Extremadura y León, tres universidades hermanadas por la lectura que igual mapean el Camino de Santiago o la Ruta de la Plata, como hacen concursos de poemas virtuales el día de los enamorados, tal que así: “El crimen de la escritura / traducir poesía / sin querer / un largo viaje”. Ahora, amable lector o lectora, áteme usted esa mosca por el rabo. Puede ganar una de las tres bicicletas de premio. Dense prisa que el plazo acaba el 22 de marzo.
Enlaces:
—Biblioteca Universitaria de León.
—­Blog tULECtura.
—Cruce de caminos.
—Fundación Antonio Pereira.
—Eventos (repositorio de video de laULE).
—Twitter: @tULEctura

Berta Pichel: “El amor y la memoria siempre vencen al silencio. Mi corazón lo sabe”

—Como toda literatura de verdad, Cicatrices de charol engancha, sorprende y conmueve
—De cuando a nuestras familias les estalló una granada en la cabeza
[por Valentín Carrera]
Voy con un año de retraso en mis lecturas bercianas: se publica tanto que es imposible abarcar todas las novedades y vanidades… me llegan muchas vanidades impresas en formato 21×15 cm y encuadernadas con pasta dura, obras nacidas para reciclar de las que Groucho Marx diría: “Nunca olvido un libro, pero con el suyo haré una excepción”.
Sin embargo, de vez en cuando llegan a nuestras manos obras de gran calidad que, una vez leídas y disfrutadas, nutren nuestro imaginario colectivo, como los viajes de Carnicer, los cuentos de Pereira o los versos de Mestre. Obras, novedades o no, que nos emocionan o nos hacen pensar, nos crean una deuda impagable de gratitud con el autor o autora y nos invitan a compartir: “No dejes de leer…”. Vamos al lío.
No dejéis de leer… Cicatrices de charol de la escritora berciana Berta Pichel (Portela de Valcarce, 1951), profesora de Historia Moderna y Contemporánea, afincada desde hace cuarenta años en Cataluña, como Ramón Carnicer, quien tampoco perdió nunca sus raíces bercianas. Las raíces de Berta Pichel, de su infancia a orillas del río Valcarce, alimentan esta novela profundamente berciana y universal.
Cicatrices de charol es la historia, no por novelada menos verídica y rigurosa, de los años que van desde 1933 hasta la postguerra: un relato histórico, documentado, cuya lectura recuerda Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, en especial la huida monte a través del protagonista republicano, a quien la venganza personal y política, mezcladas, convierte en carne de fusil.
Cicatrices de charol pertenece al género de la memoria histórica: devuelve la voz y la palabra a la generación de los que perdieron la guerra y la postguerra, y a sus hijas y nietos.
Cuando los reaccionarios digan eso de “No hay que desenterrar a los muertos ni reescribir la historia”, habrá que repetir muchas veces que la historia de la Guerra Civil, y de todas las guerras, fue escrita solo por los vencedores, y que solamente ellos enterraron a sus muertos, dejando a miles de abuelos republicanos en las cunetas de España, el país con más desaparecidos del mundo, después de Camboya. No se puede “reescribir” lo que nunca fue escrito, sino censurado, callado, silenciado, empezando por las propias familias de los perdedores, amordazadas por el miedo.
Berta Pichel, con una prosa ágil y solvente, cuenta lo que lleva largo tiempo silenciado en España y en El Bierzo. La novela transcurre entre Valcarce, Villafranca, Ponferrada y León, escenarios en los que Nía y Valeriano viven su historia de amor, desamor y sindicalismo, perseguidos por el aliento fétido de un pretendiente despechado, a la sazón guardia civil.
Todo en el relato suena familiar y cercano, desde las fiestas de La Encina y el Rañadero a la Casa del Pueblo de Matarrosa del Sil, cuando “la carbonilla de las calles y del entorno ennegrecían las manos y la cara de todos”. O cuando nuestros abuelos “malvivían en una casa pequeña y húmeda con los suelos de tierra”.
Entre Lorca y Azaña
Un recital poético en el Teatro Ponferradino, el 22 de octubre de 1933, alentado por La Barraca de Federico García Lorca, despierta en la joven Nía la vocación de actriz, que truncará la guerra y, peor aún, un embarazo no deseado, que resetea el reloj de su vida y la devuelve a la aldea materna y… pero no les quiero desvelar la historia. Si en 2019 es crudo ser madre soltera, pueden imaginar la tragedia de Nía en la Ponferrada de 1936: “A la angustia por la situación de Nía se unía ahora la deshonra por el historial rebelde del progenitor de la criatura. Su hija no solo se había convertido en madre soltera, también su nieta llevaba la sangre de un canalla, seguramente masón y, además, asesino”.
Por el relato desfila la geografía berciana, Sarracín o Pajariel, o personajes como Azaña, Emilio Silva y los hermanos Álvarez de Luna —el falangista Nicolás y el republicano Miguel—, cuyo palacete en la calle del Agua incita a pensar en los Álvarez de Toledo de Villafranca, donde transcurre la segunda parte de la novela —desde la revolución del 34 al alzamiento del 36­—, la más divertida y costumbrista. A medida que se acerca el desenlace (julio 1936-octubre 1939), crece la intensidad dramática del relato y el lector se sumerge atrapado, a sabiendas de que nada de lo que se cuenta es mentira. Como toda literatura de verdad, Cicatrices de charol engancha, sorprende y conmueve.
“Vivir con pasión siempre deja cicatrices”, dice Berta Pichel, cuya novela contiene otra lección: hablar nos sana, recuperar la memoria histórica nos reconcilia con el pasado. Mi prima Pepa Diñeiro dice siempre aquella frase: “A esta familia (por la nuestra), le estalló una granada en la cabeza durante la guerra civil”. A miles de familias —en El Bierzo, en Bosnia o en Siria—, les estalló una granada de conmoción, una carga de profundidad y silencio, que deja en las víctimas cicatrices de charol. Pero, por decirlo en palabras de Berta Pichel: “El amor y la memoria siempre vencen al silencio. Mi corazón lo sabe”.
Para saber más:
—Pichel, Berta, Cicatrices de charol, Ediciones B, 2018, 3ª edición.
—Web de la autora: https://bertapichel.com/.
—La Barraca de Lorca en El Bierzo: https://www.lanuevacronica.com/las-dos-visitas-de-lorca-a-leon.
—De cuando Lorca visitó La Cabrera, La fueya cabreiresa.
 

Valentín Carrera publica la biografía de Gabriel de Castilla, avistador de la Antártida

—Exposición conmemorativa en Palencia, en el 30 aniversario de la Base científica española de Isla Decepción.
Una exposición conmemorativa itinerante y la publicación de la primera biografía de Gabriel de Castilla, escrita por Valentín Carrera,  recuperan la vida y aventuras del casi desconocido navegante palentino, considerado como el primer o tal vez el segundo avistador de la Antártida en 1603, cuyo nombre lleva la Base Gabriel de Castilla, base científica permanente que el Ejército de Tierra mantiene operativa desde 1989 en Isla Decepción.
Precisamente, en 2019 se cumplen treinta años de la apertura de esta base científica en una de las islas más hermosas y simbólicas del archipiélago Shetland del Sur que, según algunos testimonios históricos, habrían sido avistadas a comienzos del siglo XVII por marineros españoles al mando de Gabriel de Castilla.
Para conmemorar este treinta aniversario de la creación de la Base Gabriel de Castilla, el escritor Valentín Carrera —cronista de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida en 1986-87 y de la XXX Expedición en 2016/17— ha elaborado esta primera biografía del navegante palentino: Gabriel de Castilla, avistador de la Antártida en 1603.
El nuevo libro de Valentín Carrera ha sido publicado por Paradiso_Gutenberg [distribuido por Latorre Literaria], en una primorosa edición con más de cuarenta fotografías y láminas de cartografía antártica, con portada de Denís Fernández, todo ello al cuidado de Cooperativa Sacauntos.
“La vida de Gabriel de Castilla —dice el autor— ha sido poco estudiada en España, algo más en Perú y especialmente en Chile, puesto que su hallazgo de las Shetland daría supuesta legitimidad histórica a las reclamaciones territoriales de Chile sobre la Antártida, donde Chile posee bases de indudable valor estratégico y logístico, como  el único aeropuerto de aquella inmensa zona, en Isla Rey Jorge. Es una biografía apasionante, aunque todavía con muchas lagunas, cuyo estudio sugiero a los doctorandos en Historia de las universidades de Castilla y León”.
En cuanto a la exposición itinerante —“Gabriel de Castilla, azote de piratas y primer avistador de la Antártida en 1603”—, es una iniciativa de la Dirección General de Cultura de la Junta de Castilla y León, que puede verse hasta el próximo día 15 en la Biblioteca Pública de Palencia y continuará luego su recorrido por distintas capitales de Castilla y León.
La exposición muestra cuarenta imágenes seleccionadas por Valentín Carrera a partir de fondos históricos, de su archivo personal y el de los investigadores, científicas y dotación del Ejército de Tierra con quienes compartió destino en 1986 y en 2017 en la propia Base Gabriel de Castilla, en la volcánica Isla Decepción.
 
Azote de piratas
Gabriel de Castilla y de la Mata nació en Palencia en 1577 y murió en Lima en torno a 1620. Su familia descendía de los reyes Alfonso XI y Pedro I de Castilla. Este militar y navegante castellano vivió entre dos siglos —XVI y XVII— y dos reinados —Felipe II y Felipe III—, fue contemporáneo de Rubens, Quevedo o Cervantes.
Gabriel de Castilla desempeñó su vida militar y marinera entre Perú y Chile, donde combatió en la Guerra de Arauco y navegó las costas del Pacífico, Tierra de Fuego y los mares del Sur, en expediciones contra los piratas navales, protegiendo el tráfico marítimo desde Indias con la metrópoli.
Según algunos historiadores —aunque la documentación es precaria—, en el verano austral de 1603 partió de Valparaíso al mando de una flota de tres naves y, tras pasar el Drake Passage o Estrecho de Hoces, en el mes de marzo alcanzó el paralelo 64º Sur y avistó por primera vez la Terra Australis Incógnita, posiblemente alguna de las islas de las Shetland del Sur, regresando en abril a las costas chilenas, por lo que es considerado en el mundo hispánico como “el descubridor de la Antártida”, título cuya primacía le disputa el holandés Dirck Gerrits Pomp, quien avistó las Shetland en 1599.
Desde 1989, lleva su nombre la Base Gabriel de Castilla en Isla Decepción, donde un sencillo monolito construido con vértebras de ballena recuerda su memoria.

RESERVA TU EJEMPLAR EN TU LIBRERÍA HABITUAL
Gabriel de Castilla, avistador de la Antártida en 1603
de Valentín Carrera
ISBN 978-84-948721-3-6
Edita: Paradiso_Gutenberg
Pedidos: Latorre Literaria , tf. 918 719 379 – info@latorreliteraria.com
 
 

 
 
 

Loading

Leva para casa UNHA NOVA ÁRBORE E plantaremos unha no teu nome.

NOVEDAD EDITORIAL

Licencia Creative Commons