Categoría: NOVEDADES

Islas Feroe: vivir en un microestado

Si en vez de grandes potencias insaciables, devastadoras, como China, Rusia y Estados Unidos, todo el planeta estuviera formado por microestados, las cosas nos irían mucho mejor. No hay noticia de ningún microestado que haya invadido Irán o talado la selva amazónica. Más humanos, más democráticos, más respetuosos con su entorno natural, con sus cielos y sus mares, los microestados han nacido para quedarse.

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Biomasificando El Bierzo

En 1957, en plena autarquía franquista, se instaló en la ría de Pontevedra la empresa Celulosas de Pontevedra, ENCE. Comenzó siendo pública, con dinero de nuestros abuelos; pero como todo lo que da pingües beneficios (38,7 millones/€ en 2016), hoy es una empresa privada en cuyo consejo de administración de puertas giratorias se sientan altos cargos del PP como Isabel Tocino o Carlos del Álamo. ENCE lleva sesenta años contaminando una de las rías más hermosas del mundo, y toda la oposición ciudadana y varias sentencias judiciales no han sido capaces de parar el desastre.
El desastre es la ría de Pontevedra contaminada y una reforestación de los montes gallegos basada en el dinero rápido del eucalipto: ambas cosas tendrán efectos ecológicos durante varias generaciones. Debemos preguntarnos, ¿cómo sería hoy la ría de Pontevedra, la amplia avenida desde Corbaceiras hasta Estribela, si en vez de la peste de Celulosas existiera un boulevard ciudadano, turístico, a la orilla de los arenales marisqueros más ricos de Galicia? No es solo lo que se destroza, y qué bolsillos se llenan con ese destrozo, sino la alternativa posible si en 1957 el régimen no hubiera impuesto su zarpa sobre la ría.
Mientras los consejos de administración cuentan sus beneficios a corto plazo, la perspectiva ecologista nos obliga a pensar siempre en el largo plazo, en los efectos perjudiciales duraderos, en los costes ocultos, en el peaje que pagarán las próximas generaciones. Una administración responsable es aquella que, ante cualquier propuesta mágica de industrialización —todos los años cae el Gordo de la lotería en algún paraje indefenso: Manjarín, Primout, Villablino, Casayo, Cubillos…—, antepone el bien común duradero a los intereses privados de un nuevo Rey Midas.
Ese Rey Midas, que se presenta como un mirlo blanco, un liberal con ínfulas de emprendedor, siempre apoyado en subvenciones públicas, llega prometiendo el oro y el moro: inversión, riqueza, puestos de trabajo, multiplicación de los panes y los peces, el Cuerno de la Abundancia. Y una corte de papanatas, en Pontevedra, en El Bierzo o en Villar de Cañas (¿se acuerdan del cementerio nuclear?), ríe las gracias del rey desnudo.
Antes de aprobar y aplaudir instalaciones de dudosa reputación, cuyo perjuicio ecológico es evidente, convendrá hacerse algunas preguntas en nuestros ayuntamientos y consejerías. Por ejemplo, ¿qué modelo de desarrollo forestal queremos para nuestra comarca y nuestros montes? ¿Queremos bosques frondosos, encinas, robles, nueces, castañas, setas, biodiversidad… o queremos monocultivo de eucalipto en el Valle del Silencio, Ancares y Fornela? Mucho más rentable lo segundo, eso no se discute: otra cosa es el efecto desertificador. Simplemente, nos cargamos El Bierzo.
Ahí están los incendios, un dramático preaviso del cambio climático, para demostrar que estamos jugando con fuego. ¿Alguien cree que a estos inversores mágicos, caídos del cielo con capital chino, brasileño o vaya usted a saber, les importa un pito el futuro del Bierzo? ¿Son acaso hermanitas de la caridad, como don Victorino, que vienen a salvar nuestra comarca del paro y la pobreza?
¿O más bien han visto en nuestra comarca, rendida y derrotada, gobernada por zascandiles, un sitio adecuado para hacer negocios fáciles? Solo nos falta instalar el casino Eurovegas en Borrenes, cerquita de Las Médulas, pero todo se andará.
El único desarrollo que necesita El Bierzo es la agricultura, la ganadería, la industria limpia basada en el uso sostenible de nuestros recursos naturales. El Bierzo no es un basurero, la cloaca de incineradoras de neumáticos o biomasificadoras. ¿Queremos los bercianos y las bercianas nuestro paisaje salpicado de (más) chimeneas nocivas para la salud?
Si esta tierra fuera un desierto —acabará siéndolo por este camino—, podría entenderse, y ni aun así, una planta contaminante; pero esta comarca, a la que en la semana de la Creación, Dios Todopoderoso tuvo la generosidad de ponerle toda la riqueza natural, a esta comarca —que podría ser autosuficiente para dar de comer a todos sus hijos y regalar toneladas de frutas y hortalizas a quien lo necesite—, ponerle otra chimenea más a este Bierzo nuestro, castigado y destrozado por minas, pizarreras, saltos, endesas y demás lambriones, es un crimen.
Un delito ecológico del que, antes o después, quienes lo consientan tendrán que rendir cuentas en las urnas, ante la Justicia o ante el insobornable juicio de la historia. ¡Arriba las ramas!

Islas Feroe: vivir en un microestado

Existe el discurso dominante y dominador, que aspira a imponerse como pensamiento único; y existen otras maneras de pensar y de vivir, disidentes, alternativas; otros modos de vivir en paz con el mundo, sin formar parte de la garganta profunda del consumismo, que todo lo traga; o del falso Cuerno de la Abundancia del capitalismo, que genera tanta desigualdad y pobreza.
Hay grandes imperios y Estados, a lo largo de la historia y en nuestros días, capaces de fabricar armas de destrucción masiva o de invadir medio planeta y el otro medio. Estados en manos de dementes como Donald Trump o Kim Jong-un, con un dedo posado sobre el botón nuclear.
Pero existen también en el planeta Tierra muchos pequeños países, microestados, que viven al margen de los mercados financieros y del militarismo que secuestran nuestras vidas. Es cierto que esos microestados podrían ser borrados del mapa de un plumazo por cualquier superpotencia, pero en esa fragilidad, en sus alas de mariposa, reside el valor y el encanto de los microestados. Una vez más, lo pequeño es hermoso.
Nos lo refresca con belleza deslumbrante El archipiélago secreto de Altaïr Magazine, la renovada revista —dirigida por Pere Ortín—, editada en papel y digital por el grupo Altaïr, prestigiosa editorial de viajes que, tras pasar como todo hijo de vecino su propia crisis, ha renacido con fuerza y energía, gracias a un formidable equipo humano liderado por mi querido amigo Pep Bernades.
El archipiélago secreto está dedicado a un microestado que bien podría ser residencia de los dioses del Olimpo: las Islas Feroe. A medio camino entre Islandia, Noruega y Escocia, en un punto del Atlántico Norte, en un lugar de la nada, navega desde hace sesenta millones de años, sin moverse de su dique rocoso, el archipiélago de las Feroe, dieciocho «islas de las ovejas», 50000 habitantes, que forman parte del Reino de Dinamarca con un sistema político propio, un verdadero microestado.
La lectura de este colorista y sustancioso Altaïr Magazine es reconfortante en estos tiempos de tribulación y mudanza: hay otras realidades ahí fuera, a poco que asomemos nuestra nariz ensimismada. “Las Islas Feroe —escribe Sjúrdur Skaale— disfrutan de un control prácticamente absoluto sobre sus asuntos, a nivel político, económico y cultural”.
Y aunque son un microestado, aplastable como mosquito, en una reciente disputa pesquera con la Unión Europea, los feroeses han ganado la batalla: “Que cincuenta mil personas con una administración minúscula ganaran en una disputa internacional, era imposible… a no ser que ignores las matemáticas”. El tábano vence al caballo; y ya decía Napoleón, por una herradura se pierde un caballo; por un caballo, una batalla; por una batalla, un imperio.
El único imperio de los feroeses son sus inmensos y desiertos acantilados, con vistas al mar de 360º, el reino del frailecillo, los alcatraces y las águilas. Las Islas Feroe —claro que podrían ser invadidas por estúpidos sin escrúpulos, como podrían ser aplastadas tu vida y la mía, también frágiles, y las de millones de personas que nunca han tenido ni tendrán armas, dinero, poder—, viven al margen de los dictados de la City londinense. Tampoco tienen ejército, eso ahorran.
En este nuevo Shangri-lá, “hay una corriente que va desde lo macro hacia lo micro —escribe la cantante feroesa Elin Brimheim—. La gente quiere vidas más simples, aunque la globalización favorece la gran industria. Las Feroe no son solo un conjunto majestuoso de islas. Son también el hogar de una rica cultura, donde la vida moderna coexiste junto al tradicional folklore medieval”.
Más que de una resistencia numantina a la globalización, se trata de encontrar el punto de equilibrio para no dejarse invadir por la contaminación, el consumismo, las multinacionales, los mercados. Ese es el pulso de los microestados: David contra Goliat. Si tomamos como referencia El Bierzo (2800 km2, el doble de extensión que las Islas Feroe), hay un total de setenta países que son aún más pequeños que El Bierzo: Estados de la Unión Europea como Luxemburgo (2800 km2) o Malta (316 km2); microestados como Mónaco, Liechtenstein, Andorra, Seychelles y, por supuesto, el Vaticano.
Si en vez de grandes potencias insaciables, devastadoras, como China, Rusia y Estados Unidos, todo el planeta estuviera formado por microestados, las cosas nos irían mucho mejor. No hay noticia de ningún microestado que haya invadido Irán o talado la selva amazónica. Más humanos, más democráticos, más respetuosos con su entorno natural, con sus cielos y sus mares, los microestados han nacido para quedarse. Os espero en las Islas Feroe. O en la República Independiente del Bierzo. ¡Arriba las ramas!
 
Leer en La Nueva Crónica
Para saber más:
Altaïr 360º: Islas Feroe
Microestados

Vivir en una cabaña

—¿Qué vas a hacer estos días de vacaciones? —pregunto al amigo, cuya ancha frente anuncia sabiduría (“…y besarte la noble calavera”, cantaba el poeta)—.
—Voy a dedicarme a limpiar la casa a fondo, a tirar todo. Tiramos muy poco. Hay cosas que creías que habías tirado y de repente vuelven a aparecer ahí, riéndose de ti y del tiempo.
Una vez satisfechas las necesidades básicas —comer y abrigarse, decía Thoreau—, el sistema, si es que existe tal cosa, necesita para su supervivencia, que no la nuestra, producir y vender, vender y producir los miles y millones de objetos superfluos que atiborran nuestras casas. Nuestros enormes cascarones de cemento, entre cuyas paredes nos aislamos de la Naturaleza.
—Voy a tirar todo —añade la voz amiga, mientras un vino joven de Toro, un lujo diría Thoreau, reverbera en las altas copas de fino cristal.
Recuento la cristalería acumulada en casa, que nunca uso, y me sobran más de cien vasos y copas de todos los tipos y tamaños. Con estas dos copas que compartimos hoy, acaso media docena, las necesarias para una velada, es suficiente. Me sobran también miles de libros que hace años, ¡pero muchos años!, que no abro ni abriré en otro medio siglo, y apenas sirven para acumular polvo. El miedo escénico, el miedo al vacío, hace que llenemos nuestras paredes de cuadros, ni un centímetro visible, que se colmaten los armarios de toallas y sábanas sin estrenar, por si algún día aparecen de visita los diez mil guardias civiles “…de Cataluña vengo, de servir al rey”.
Es conocido que Thoreau se retiró en 1845 a vivir en una cabaña que él mismo construyó a orillas de la laguna Walden: una cabaña de trece metros cuadrados y solo tres sillas “para no recibir más que a dos personas a la vez”. Allí vivió feliz dos años en «pobreza voluntaria»; y cuando regresa a la civilización, se considera “un residente temporal”.
Hacer una cabaña en la Naturaleza —desde Tarzán a Robinson Crusoe— es una de las primeras fantasías infantiles: yo he enramado cabañas siendo niño, con mis primos Paco y Tomás Vega, pastoreando en los prados de San Román de Bembibre; y vivacs donde pernoctar bajo las estrellas, en las acampadas. Mis hijas crecieron en un bosque de carballos centenarios, jugando incansables en su casita de madera, construida entre las ramas del roble más alto y amoroso, la casita que hoy habitan los mirlos saltarines que escucho mientras escribo.
Un ejército de arquitectos, aparejadores y albañiles nos persigue como una pesadilla; una legión de vendedores de ladrillos y sacos de cemento nos asedia desde que llegamos a la mayoría de edad; un tsunami inmobiliario nos intimida y nos complica la vida: “Los granjeros de Concord —escribe Thoreau— tardan treinta o cuarenta años para llegar a convertirse en propietarios reales de sus granjas”. Y cuando han terminado de pagarlas, añade, descubren que los gravámenes sobrepasan el valor de la granja, o de la casa. ¿A cuántos de nosotros nos ha pasado lo mismo? ¿Cuántos años de tu vida (“el costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella”) estás dispuesto a pagar por ese cascarón de ladrillos y cemento? O por un brazalete de oro, o por un coche de alta gama.
¿Y si no fuera necesaria una casa “tan” grande, ni tantos objetos llenando los armarios? “Simplificad, simplificad —dice Thoreau—. Lo que poseemos nos posee”.
A finales de la década de los 90, la activista inglesa Sarah Suzanka inicia el movimiento The Not So Big House (Una casa no tan grande). Miles de arquitectos y particulares se han sumado desde entonces al proyecto de construir su propia tiny house, una verdadera y confortable cabaña de apenas 49 metros cuadrados, incluso con ruedas, transportable. Una casita de madera, fácil de calentar, como las que he visto en Ushuaia, donde soportan temperaturas polares [indaguen en la web y se sorprenderán: hay todo un movimiento mundial de casas pequeñas increíbles y maravillosas].
Mis amigas alemanas Petra y Luciana Hoffman, bercianas de adopción, están construyendo estos días su tiny house en la Costa da Morte de Galicia, en la aldea de Panches, cercana a Camariñas, frente al mar. En su Facebook puede verse el proceso de creación, porque es una sutil obra de arte: “Lo pequeño es hermoso”.
Y otro modo de vivir es posible. Económica, cálida, la tiny house de Petra y Lucy es un verdadero hogar donde no hay lugar para cosas superfluas. El problema de las viviendas enormes se convierte en drama en nuestras ciudades envejecidas y solitarias, en las que millones de personas se sienten atrapadas entre cuatro paredes, literalmente.
Muchos, si pudieran renovar el caparazón como algunos animales, cambiarían su cárcel de ladrillo, condenados a la pena perpetua de limpiar el polvo de su pasado, por una nueva camisa, por una sencilla tiny house rodante, un verdadero lujo en el que espero y deseo que Petra y Luciana sean muy felices. ¡Arriba las ramas!
 
Leer en La Nueva Crónica
Para saber más:
Movimiento Pequeñas Casas
Sarah Suzanka: The Not So Big House
Galería: 65 tiny houses
 
Ver la tiny house de Petra y Luciana en Facebook:

Viaje a los mares de la Antártida

Si de joven leíste a Verne, Stevenson y Conrad, si llevas el periodismo en la sangre, tienes 28 años y, sin oficio ni beneficio, el destino te franquea una plaza en la Primera Expedición Científica a la Antártida, en verdad eres alguien afortunado. Por ello, este libro es un privilegio: de los muchos regalos que la vida ha hecho al autor, destaca la oportunidad de haber sido miembro y testigo de una expedición a la Antártida.
Durante cuatro meses [octubre 1986-febrero 1987], a bordo de los pesqueros de Vigo Pescapuerta IV y Nuevo Alcocero, Valentín Carrera se enroló como marinero raso y periodista: sus noticias diarias para numerosos medios a través de la agencia EFE y sus crónicas semanales a los periódicos gallegos a tavés de AGN, fueron reflejando el día a día de la navegación, la investigación científica y la vida a bordo. Publicó, además, dos “periódicos” antárticos, El Pingüíno y La Foca, distribuidos a mano entre las tripulaciones.
En su camarote, el autor se acompaña de los clásicos: Verne, Magallanes, Cook, Darwin y todos los que cruzaron el Círculo Polar Antártico en busca de la Terra Australis Incógnita. La expedición Antártida 8611 -cuyos resultados científicos revolucionaron la posición española en el Tratado Antártico- surcó el Atlántico hasta Ushuaia, inició las prospecciones geológicas en Shag Rocks, evitó las Malvinas en posguerra, circunnavegó las Sandwich del Sur y las Orcadas, desembarcó en bases argentinas y chilenas, atravesó una peligrosa banquisa rumbo a isla Elefante, visitó la isla Decepción y, surcando el estrecho de Bransfield, regresó a la bahía de Ushuaia tras ochenta días de campaña.
Los 99 científicos y tripulantes pasaron la Navidad a bordo en busca del agujero de ozono y el rayo verde, contemplaron miles de icebergs de todas las formas y colores, degustaron cazuelas de krill -el alimento de las ballenas- y Dissostichus eleginoides y avistaron cetáceos ante el desfiladero de Neptuno. ¡Y mucho más!
Editado por Ministerio de Agricultura, Madrid, 1996
Formato 21×30 cms., 150 pp, fotografías del autor.
Editado por Paradiso_Gutenberg, 2017.
Formato 15×21 cms, 139 pp
Álbum gráfico con fotos de José Luis Lorenzo Colón
ISBN: 978-84-16121-73-1

Reseñas:
World Cat
Catálogo Harvard University

En el sagrado nombre del dios Petróleo

Mi amiga Ire, firma partidaria del transporte público y de todo lo que sea compartir, viajó a Sevilla con su madre, de 86 años, y cuando le propuso una excursión a Granada en Bla-bla-car, la buena señora se alarmó un poco ante el peligro de viajar con un desconocido. Ya saben ustedes, el miedo, el argumento más poderoso de los gobiernos, de las empresas petroleras o de las costumbres sociales que nos dominan. El caso es que la madre de Ire fue y volvió de Granada feliz, sin dejar de conversar un minuto con un encantador y desconocido chófer.
Ahorrar combustible y contaminación, y reducir gastos de viaje: la palabra mágica es “compartir”; frente a la locura totalitaria de “un hombre/una mujer, un coche”, necesitamos urgentemente compartir vehículos, autobuses, trenes. Convertir todo el transporte, de cualquier naturaleza, en transporte público (no en el sentido de la propiedad, que es otro debate, sino del uso, como hacen los compañeros que van a trabajar juntos, llevando el coche por turnos).
Celebramos estos días la Semana Europea de la Movilidad (http://www.mobilityweek.eu/) en la que más de 2.300 ciudades realizarán acciones públicas, entre ellas León, Ponferrada y otras 451 poblaciones españolas, incluidas de momento las catalanas.
Día sin coches, carriles bici, día de la bicicleta… cientos de iniciativas a lo largo y ancho de Europa para concienciarnos de cosas tan elementales y sencillas como usar menos el coche y caminar más. Bien está que se haga una llamada de atención sobre la Movilidad Sostenible, pero una vez más nuestras autoridades se quedan en la cosmética, una mano de barniz que no altera el orden de las cosas. Un orden basado en la cultura del petróleo, que en realidad es un absoluto caos.
El documento Estrategia española de movilidad sostenible (Ministerio de Fomento, 2009, anticuado porque el actual Gobierno no ha movido ficha en ocho años) está lleno de buenas intenciones, pero como decía san Apapurcio, “de buenas intenciones está empedrado el infierno”.
Este infierno en el que nos ha ido atrapando la civilización del petróleo es un inmenso negocio que compromete el futuro de nuestros hijos y del planeta; un imperio ardiente, en permanente combustión, que hipoteca nuestro modo de vivir, igual que otros infiernos como el negocio de la basura o la alimentación transgénica.
El Petróleo es el nuevo dios omnipresente, omnisciente y todopoderoso, al que todos los Gobiernos rinden pleitesía y pagan generosos tributos. Suyo es este Imperio de la Combustión que carece de límites: desde las plataformas petrolíferas hasta el último taller, pasando por las refinerías, el transporte de gasolina y gasoil, las gasolineras, los subproductos, los fabricantes de vehículos, los concesionarios, las compañías de seguros, de neumáticos (que luego hay que eliminar), los constructores y asfaltadores de carreteras y autopistas…
¡Ah, divino Petróleo, qué grandes fortunas has hecho a la vera del automóvil! Tus profetas en esta tierra —Exxon, Gazpron, BP, PetroChina, Repsol— cuentan los millones de euros que ganan en tu nombre; pero callan los millones de muertos que propicias con tu nuevo apocalipsis.
La civilización del petróleo (que abarcará los siglos XX y XXI) morirá de éxito, asfixiándonos a todos antes de su derrota final, que no veremos. La cultura de la gasolina y del humo, y de la carbonilla, y del asfalto, y del cemento, y de los parkings, y de los basureros de neumáticos de alto potencial tóxico que de repente se incendian solos y envenenan al vecindario, se oponen a todo cuanto gustaba a Thoreau, padre de la ecología, en su cabaña de Walden; o a Schumpeter: “Lo pequeño es hermoso”.
Bienvenida sea esta inútil Semana Europea de la Movilidad, inútil si nos quedamos en las buenas intenciones de los papeles oficiales y los eventos cosméticos, y no cuestionamos al dios Petróleo y su Imperio de la Combustión radicalmente (es decir, atacando la raíz del problema). Empecemos por imaginar un día sin coches, una semana sin humos, un mes sin echar gasolina, un año compartiendo transporte público o un Bla-bla-car, como hizo la madre de mi amiga, feliz y contenta. Empecemos por imaginar una compra sin bolsas ni envases de plástico —hijitos bastardos del dios Petróleo—, un invierno sin calefacción de gasóleo, una vida más sana y natural, un profundo retorno a los bosques y a la Naturaleza. ¡Arriba las ramas!
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