Categoría: NOVEDADES

Islas Feroe: vivir en un microestado

Si en vez de grandes potencias insaciables, devastadoras, como China, Rusia y Estados Unidos, todo el planeta estuviera formado por microestados, las cosas nos irían mucho mejor. No hay noticia de ningún microestado que haya invadido Irán o talado la selva amazónica. Más humanos, más democráticos, más respetuosos con su entorno natural, con sus cielos y sus mares, los microestados han nacido para quedarse.

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Kailash Satyarthi: una respuesta responsable

* El Nobel de la Paz Kailash Satyarthi propone la educación como herramienta contra la desigualdad y la pobreza.
* Inteligencia compasiva es tener beneficios honrados sin explotar personas o destruir el planeta.
He tenido la suerte de conocer al Nobel de la Paz 2014 [compartido con Malala Yousafzai], Kailash Satyarthi, en una visita a Galicia, invitado por ABANCA, dentro de un programa de emprendimiento social modélico, «Palabras para Galicia», impulsado con responsabilidad y sentido ético por Juan Carlos Escotet. El trabajo de Kailash y su ejemplo sí merecen ser escuchados con atención. En primer lugar, los modos: a distancia sideral del batiburrillo de insultos, descalificaciones, obviedades, Kailash abraza primero a sus interlocutores uno por uno, les mira a los ojos, sonríe y habla con sosiego y paz interior. No avasalla, no quiere vencer: convence.
En segundo lugar, el pensamiento: Kailash se dirige a los más jóvenes, pero también a las empresas y a la sociedad civil, tres fuerzas de cambio. Enunció cuatro pilares sobre los que asentar una sociedad estable: Personas, Planeta, Prosperidad, Paz, unidos por una argamasa común, la educación. “Para empezar a transformar el mundo, necesitaríamos invertir cada año 18.000 millones de dólares en educación: no es mucho, es una cifra posible, es lo que se gastan los ejércitos en cuatro días y medio”.
Eso es poner el dedo en la llaga, denunciando cómo, en vez de reducir distancias entre ricos y pobres, gracias a la tiranía de los mercados y los vendedores de armas siguen creciendo cada día la desigualdad y las tensiones. El camino que Satyarthi propone es la educación, elemento de desarrollo que multiplica el PIB y es garantía de sostenibilidad económica. Son verdades tan sencillas que inquieta que vivamos tan de espaldas a la evidencia.
La inteligencia compasiva
En tercer lugar, Kailash habla del poder de la compasión y nos propone “globalizar la compasión”. ¿Cuál es su concepto de compasión? Está bien la caridad, dice Kailash, es mejor la filantropía, y aún mejor la responsabilidad social corporativa, pero las tres son insuficientes: necesitamos una nueva manera de pensar y trabajar desde la compasión, el emprendimiento social.
“Vamos a pensar nuestros trabajos, empresas y negocios con inteligencia compasiva. Podemos tener beneficios sin dañar a nadie, sin explotar personas, destruir vidas o contaminar  el planeta”. Eso es inteligencia compasiva: ser capaz de conectarse con la gente y formar parte de sus problemas y sus soluciones. Kailash lleva décadas denunciando la explotación de las multinacionales y la esclavitud infantil en la India, donde trabaja su fundación Bachpan Bachao Andolan. Una empresa que gana dinero a costa de explotar personas o de contaminar conduce a la desigualdad y a la pobreza y produce violencia. Según datos de Kailash, 168 millones de niños y niñas trabajan a tiempo completo, mientras 200 millones de adultos están en paro: un círculo laboral vicioso que conduce de la pobreza a la miseria y contiene los gérmenes del conflicto, la guerra, el hambre y otras calamidades.
Como es un problema universal, la respuesta ha de ser global: por ello Kailash habla de globalizar la compasión, en cada gran empresa multinacional, esas poderosas corporaciones que campan por encima de los estados y de todo derecho; en cada pequeña empresa: todos podemos en nuestro entorno evitar la explotación de personas cercanas (con demasiada frecuencia invisibles), o plantar cara a la contaminación del planeta, cada uno en su casa, parroquia, municipio. ¡Qué poco o nada se habla de estos asuntos en las campañas electorales o en los consejos de administración, cuando debiera ser el eje central de un responsable político, de un banquero o de un líder religioso!
—Vamos a pensar en los negocios con inteligencia compasiva —animó Kailash.
Pensemos con inteligencia compasiva nuestras vidas y trabajos, las escuelas, las empresas y los ayuntamientos. Menos hablar de recortes y déficit cero, y más hablar de educación, la única herramienta económica que multiplica el PIB y hace crecer la riqueza de las personas y los pueblos de un modo pacífico y sostenible.
Fábula del leon y el pájaro
Para despedirse de los jóvenes a los que hablaba, Kailash contó la fábula del león y el pájaro: ante un gran incendio en la selva, todos los animales huyen, el primero de ellos el león. Cuando el majestuoso rey escapa del fuego, se cruza con un pequeño pájaro que en dirección contraria se dirige al bosque con una gota de agua en el pico.
—¡Loco!, ¿dónde vas? –pregunta el león.
—Voy a apagar el fuego.
Ese pájaro frágil que afronta su pequeña responsabilidad, la suya propia e intransferible, es el modelo de solidaridad e inteligencia compasiva que Kailash nos propone, frente a la cobarde estampida del rey león. Seamos compasivos, asumamos nuestra responsabilidad a través del emprendimiento social: trabajo y comercio solidario, compartido, beneficio justo, ecológico, sostenible.
Una persona con un empleo y un salario no es un lujo. Lo único que no puede permitirse nuestra sociedad es tener diez millones de excluidos en España, o 1.000 millones de ciudadanos de cuarta categoría en el mundo. Seamos como el pájaro, con nuestra modesta gota de agua para ayudar a salvar el planeta cuando vayamos a votar, pero sobre todo seamos como el pájaro el lunes siguiente, el martes, el miércoles, cada día de la semana y el resto de nuestras vidas.
@ValentinCarrera
Seguir a Kailash en Twitter: @k_satyarthi
Escribir a Kailash: kailash_satyarthi@gmail.com

In memoriam: Benito González, de Rodanillo

* Autor de los libros “Rodanillo” y “La villa de Losada”.
Nos ha dejado Benito González González de Rodanillo. No necesita más títulos: para él, ser de Rodanillo era la mayor honra y orgullo, y aunque falleció en Madrid, reposa ya entre sus paisanos, carreros y vinateros del Alto Bierzo, a los que dedicó su afán de historador, con pasión y con entusiasmo.
Teníamos pendiente una cita en la bodega, que ya no podrá ser: no llegamos a conocernos personalmente, pero me envió su primer libro, Rodanillo, y me pidió el prólogo del segundo, La villa de Losada, que escribí con mucho gusto, y con este motivo charlamos varias veces del pueblo común de nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos: Samuel, Arsenio, Francisco, Antonia… las sagas familiares de los González, Pestaña, Cubero, Álvarez, Arias, Vega, Velasco.
Benito nos tenía a todos fichados, y ha recogido el testigo de su trabajo David González, que sigue ensanchando la genealogía y la historia de Rodanillo y de todo el Bierzo Alto, como hizo Benito en sus dos ensayos. Escribí acerca del primer libro: “Si los 346 núcleos de población del Bierzo tuvieran cada uno un libro como el de Benito sobre Rodanillo, tendríamos una inmensa y precisa, y preciosa, wikipedia berciana de 120.000 páginas, una Larousse comarcal, un Espasa medular, una Enciclopedia Británica-berciana, El Bierzo universal y entero compendiado, el sueño de Borges. Harían falta cuatrocientos bercianos que amaran cada cual a su propio pueblo tanto como Benito González González al suyo: Rodanillo”.
Procuro no olvidar mis raíces, pero tenía algo olvidada la raíz de Rodanillo —los abuelos vivían en San Román y en Rimor, de donde guarda la memoria los tesoros de la infancia—; pero le debo a Benito haber tomado conciencia de mi ADN rodanillense, gracias a sus libros y al acicate de sus conversaciones. Sus dos estudios forman parte de mi patrimonio familiar: están en el estante de los libros heredados de mi padre o rescatados del desván de Rimor, o de la cartilla de Aritmética con anotaciones manuscritas del abuelo Samuel.
Todo el pueblo de Rodanillo, pero también Losada y todo el Bierzo Alto, tienen una deuda de gratitud con Benito González, a quien propongo nombrar hijo predilecto. Su trabajo como historiador ha sido una defensa de nuestras señas de identidad: “¡Eh, que somos de Rodanillo!, un respeto a los tatarabuelos, estamos aquí desde el año 1085, o antes”.
Concluyo con las palabras que dediqué a Benito en 2010, a propósito de su primer libro: Nunca he tenido vergüenza de decir que soy de pueblo; al contrario, presumo de ser de pueblo; pero ahora, leyendo las páginas de Rodanillo, más que presumir, voy a colocar en mi escudo heráldico una rueda de carro con doce rayos de madera de fresno o de encina, la esquilina que repica en el campanario de Rodanillo y un pendón adamascado de siete paños bordados de rojo carmesí, con una orla que diga: “soy de Rodanillo”. Que no hay pueblo que sea patria chica, sino inmensa: patria y matria cuyo estudio y conocimiento ensancha las luminosas estancias de la dignidad y de la memoria
Gracias, Benito González González: que un carro alado, tallado por las manos artesanas de tu abuelo Nemesio y de mi abuelo Samuel, te lleve cada tarde cantando el buje por La Barda y La Corona, la Buzona, la Cárcaba, la Chana, Lidanos, Fontán, Ferrao, Garabitos, las Lleras, el Mayolón, los trigales de Platacida, el Pasto del Burro, los Quiñones, la dehesa de Valdelagares y por los castaños de las Vallinas. Por tu Rodanillo, que tanto amabas.
Valentín Carrera
Foto: Cortesía Bembibre Digital.
—Arbol genealógico de Benito, por David González, en Bembibre Digital.
—Rodanillo, de Benito González González, ediciones Monte Casino, Zamora, 2010, 291 págs., con numerosas fotos e ilustraciones y anexos documentales.
—La villa de Losada, su historia y sus gentes.
—Más sobre Rodanillo: http://www.rodanillo.com/

Le Seigneur de Bembibre [Français]

Traduit de l’Espagnol par Jean-Louis Picoche.
Il s’agit de la première traduction française de l’œuvre classique espagnol El Señor de Bembibre, Le Seigneur de Bembibre, d’Enrique Gil y Carrasco, écrite en 1844 à un âge bien plus ancien, “les premières années du XIVe siècle”.
Le Seigneur de Bembibre est considéré comme le meilleur roman de la tradition romantique espagnole et il jouit d’une grande considération dans le romantisme européen. Il fut notamment comparé de nombreuse fois à l’œuvre d’Ivanhoé de Sir Walter Scott, admiré par Enrique Gil.
L’auteur, Enrique Gil y Carrasco (Villafranca del Bierzo, Espagne, 1815-Berlin, Allemagne, 1846) eut une vie courte. Il est décédé à l’âge de trente et un ans. Enrique Gil était un écrivain brillant, doté d’une intelligence exceptionnelle et d’une mémoire prodigieuse. Il a poursuivi sa carrière dans la ville de Madrid ainsi qu’à la cour du roi, fréquentant les milieux littéraires, révolutionnaires et maçonniques de l’écrivain Espronceda, son fidèle ami.
Après seulement une décennie d’écriture, il nous a laissé un corpus solide et incisif, qui offre encore aujourd’hui des récompenses aux lecteurs modernes. Poète, journaliste de voyages, critique théâtral et littéraire, romancier et diplomate: tout ce dont sa main touchait acquerrait une nuance d’élégance et de beauté.
Sa poésie annonçait, trois décennies plus tôt, les Rimes de Bécquer et les Cantiques galiciennes de Rosalía de Castro. En tant que critique théâtral, ses écrits fixent les critères de toute la scène à Madrid. Malgré sa courte vie, les infatigables articles de ce voyageur sur les us et coutumes demeurent un modèle pour les journalistes d’aujourd’hui.
[FREE DOWNLOAD ePUB] [FREE DOWNLOAD PDF].
Ilustración portada: cortesía de iLeon.

Úrsula Rodríguez: Ingrid Bergman de Jaén

MIGUEL A. VARELA |  Pereira conoció a Úrsula en la cola de un cine en el que ponían “Casablanca”. Y Antonio, provinciano con vocación cosmopolita y galán miope más enamoradizo que casanova, aunque alejado de las formas estereotipadamente masculinas de Humphrey Bogart, no perdió la oportunidad.
Aquella Ingrid Bergman de Jaén, guapa, inteligente, divertida, generosa, culta y con un gran talento para caer bien, fue su compañera, su cómplice, su amante, su choferesa y la persona que más ha velado por la herencia literaria del escritor villafranquino, fallecido hace diez años en León.
Desde aquel 25 de abril de 2009, Úrsula Rodríguez Hesles volcó todo su esfuerzo en mantener vivo el legado de uno de los grandes escritores que ha dado este país en el último siglo, a través de la Fundación Antonio Pereira. Impulsando la publicación de la obra poética y narrativa completa, organizando conferencias, montando congresos, favoreciendo la investigación académica, creando becas o promoviendo actividades que han mantenido viva la obra de un gran escritor de provincias, que no provinciano.
Antonio amó profundamente a Úrsula: “La medida del arco de mis brazos”; “en ti se cumplen todos mis caminos”… Úrsula le correspondió con la generosidad que la caracterizaba. Su contagiosa vitalidad se quebró a principios de año, justo cuando la Fundación estaba en plena organización de los actos del décimo aniversario del fallecimiento de su marido.
El próximo 13 de junio el Teatro Villafranquino acogerá Mucho cuento, el espectáculo a la memoria de Antonio que un grupo de amigos estrenamos hace unos pocos días en el Auditorio de León. Úrsula, ya débil, no pudo asistir en persona, aunque su alma estuvo presente en cada uno de los participantes y de los espectadores que llenaron la sala.
Esta mañana falleció en León. Úrsula, la Ingrid Bergman de Jaén, se ha ido con Antonio, el Bogart de la Cábila. Sobre las colinas de Villafranca del Bierzo, la cámara se eleva en panorámica y el viento silba As time goes by…
IN MEMORIAM [por cortesía del autor y de BierzoDiario].
Web Fundación Antonio Pereira.

Carbón: afrontar la verdad como único camino

—El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, bella, límpida, sin artificios
—¿Qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en los años 50? ¿Qué contaminación y qué accidentes nos han ocultado durante décadas?
—“En 1953 el trabajo en la Central era como manipular lava de un volcán: un infierno”
por Valentín Carrera
Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta fruición y con el corazón encogido: la portada es inquietante, un gris indefinido de la paleta del Camino Negro con la palabra Carbón impresa en negro y el nombre de la autora, pero cuando le quitas al libro la camisa y contemplas el retrato de Ana a los nueve años, ya no puedes apartar la vista ni dejar la lectura hasta sentir cada párrafo temblar entre tus dedos.
Carbón (Madrid, 2018, edición muy cuidada de la editorial papelesmínimos), segunda novela de Sara Velasco, Ponferrada, 1954, médica, psicoanalista y narradora, un relato magistral: “Léelo”, me avisó Miguel Varela, que habla de lo que sabe y sabe de lo que habla. De modo que le quité la camisa marengo, al libro, y me sumergí en la mirada traviesa de Ana, pura inocencia, podría haber sido mi hermana o la tuya:
“—¿Quién ha tosido? —pregunta papá mientras avanza por el pasillo. Siempre que oye una tosecilla en casa se pone nervioso y repite la misma canción”.
La historia comienza en 1958: Elvis Presley va a la mili y en Sierra Maestra avanza la revolución cubana. Ana tiene cinco años y Sara cuatro, son dos niñas termicanas, nacidas en la Térmica de Ponferrada, para los forasteros el poblado de Endesa, contiguo a la Central Térmica de Compostilla. En Madrid manda Franco y manda mucho: pasaron cosas que nunca supimos (o algunos no quisieron saber) y a duras penas vamos sabiendo.
La prensa publica hoy la noticia de los 296 campos de concentración del franquismo: uno de ellos en Fabero, sin ir más lejos, documentado en el ensayo De siervos a esclavos, de Alejandro Martínez, sobre la minería de carbón en El Bierzo. Hay demasiadas cosas ocultas: censura, represión, miedo. Cierto paralelismo con ese relato masculino de la historia en el que las mujeres no cuentan, son princesas de Disney o parte del ajuar doméstico, que viene siendo lo mismo.
Hace tiempo que reflexiono sobre este relato dominante en la sociedad y la economía de mi tierra, El Bierzo, el Lejano Oeste de la minería: “Ponferrada, ciudad del dólar”, era el santo y seña. ¡Cuánta riqueza efímera y cuánto desarrollo industrial en falso, para acabar siendo la comarca con más despoblación y paro del Noroeste!
El beneficio se evaporó, eso ya lo sabemos, y dejó un rastro de pobreza y abandono en Corbón, Matarrosa, Toreno, Fabero, Laciana, dulcificado con millones de euros europeos para callar bocas corruptas. Pero, ¿y los costes ocultos de la minería y de las térmicas? ¿Quién pagará, durante décadas, la factura del desarrollismo implacable de los años 50? Si los mineros enfermaban o morían con los pulmones abrasados por la silicosis o caía lluvia ácida o un tsunami de carbonilla sobre la ciudad de Ponferrada, ¿quién protestaba? Miedo y silencio.
¿Qué pasaba en los hornos? ¿Y en el interior de los pozos? ¿Cuántos sarcomas mortales, cuántas alergias mal diagnosticadas? ¿Cuántos abortos espontáneos que no eran tan espontáneos? ¿Y si también hubo entre nosotros un Chernóbil, un Bhopal tóxico que nunca salió en los periódicos?
 
Manipular lava de un volcán
Por ejemplo, ¿qué pasó en la Central Térmica de Ponferrada en 1953? ¿Tal vez hubo algún accidente? ¿Funcionaban bien las calderas Oerlikon, suministradas por Alemania? ¿Por qué tuvieron que venir ingenieros alemanes a cambiarlas? ¿Qué pasaba con la fusión de las cenizas? ¿Cuántas amas de casa ponferradinas recuerdan que no podían tender la ropa porque todo se cubría de carbonilla? ¿Quiénes, cuántos bercianos respiraron aquel Nunca Máis de humo y azufre? ¿Con qué consecuencias?
Han tenido que transcurrir sesenta años para que empiece a aflorar la verdad de las cosas en informes como El lado oscuro del carbón, de Greenpeace, o la novela Carbón de Sara Velasco: “Imagínate el trabajo —explica años después el padre, ingeniero de la Térmica, a su hija—, era igual que intentar manipular lava de un volcán. Para que las cenizas siguieran líquidas hasta el final de la evacuación, había que mantenerlas a una temperatura controlada que no se conseguía. O bien, se enfriaban y se solidificaban en bloques de escoria que atascaban la salida, de manera que los operarios tenían que remover esos bloques. O bien, la temperatura subía demasiado y la escoria hirviendo corría fluida por los tubos de salida de la caldera dañando las paredes, que reventaban. Un infierno”.
¿Cuántos bercianos trabajaron en aquel infierno? ¿Y qué pasó en 1961, un gran incendio en la Central en el que ardió una de las cuatro torres de transformación del parque de alta tensión? “Las llamas llegaron a la sala de mandos. Hubo que evacuar a todo el mundo y todo se destruyó. El desastre fue muy grave”. Tampoco salió en el NO-DO.
 
Cisne de ojos azules
—¡Bah, será una alergia!, diría algún médico displicente a la madre con ataques de asma, nunca tratada, ni siquiera escuchada en sus dos abortos —escribe Sara Velasco—, “cuando la Central manaba polvo de carbón y una nube amarillenta —sé bien ahora que era azufre—, cubría el cielo lentamente. La tarde se volvía tétrica. ¿Cómo no pensaron nunca que tenía relación con la contaminación del aire”, se pregunta entre indignada y estupefacta la autora, que vio morir a su hermana y a su padre, y vio a su madre padecer asma el resto de su vida: “Sé que muchas de aquellas moléculas que surcaban el aire ­—azufre, nitratos, mercurio, plomo, uranio— tenían que ser venenosas para una mujer embarazada y para su delicadísimo feto”.
El relato de Sara Velasco es demoledor y conmovedor, escrito en prosa tersa, límpida, bellísima, sin artificios. Un retrato generacional en blanco y negro, como nuestros uniformes escolares y las fotos de primera comunión, con curas abusadores de niñas, como El Sopas, también apodado El Mierda, que tampoco salían en el NO-DO.
Dolorosas, por empatía directa, las páginas en las que afloran la biopsia de médula ósea y el sarcoma, y se desencadena el desastre; hermoso el retrato premonitorio de Ana, prima ballerina de ojos azules, danzando La muerte del cisne.
Carbón es un libro doloroso pero necesario, sanador, catarsis y espejo: “Y nunca hablo, porque si hablo, lloro” —escribe la autora en su proceso de sanación. Quizás la escritura como terapia y afrontar la verdad, el conocimiento, como el único camino posible:
—Fuimos muy felices allí, en la Térmica, pero a ellos dos les costó la vida.
 
Para leer:
—Carbón, de Sara Velasco, editorial papelesmínimos, Madrid, 2018.
—Diario.es: «Mi padre y mi hermana murieron por la contaminación de esos volcanes malignos que son las centrales de carbón».
—Informe de Greenpeace: El lado oscuro del carbón.

 

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